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350 días


La televisión es la representación social de una urgencia femenina que busca la reproducción de su propia historia. Entre vibradores, despecho y lecciones.

11 de diciembre. Época del año en la cual, lo que reina, es el hartazgo.

Lejos de la hipocresía, se puede tomar distancia. Se puede observar el alrededor acomodaticio.

Revelador de esfuerzos por pertenecer a algún lugar. A algún espacio.

Tiempo de parciales buenos sentimientos. De intenciones de recomponer algo que en realidad, jamás estuvo compuesto.

Resuena, hasta el agobio, “nos tenemos que ver antes de que termine el año”. Frase, por lo general, emitida por aquellas personas que poco se han interesado sobre tu vida durante aproximadamente, 350 días.

Y de repente, con la jactancia de la aparición, te proponen encuentros. ¡Vida loca! Entre el champagne y el simulacro de la importancia.

El fetichismo del afecto en un momento mundial en el que reina la individualidad. Momento en el que el sentido de las relaciones humanas ha quedado supeditado al interés. Al cálculo que mide reciprocidades y distancias cayendo en el natural flagelo de las decisiones.

Aquellas que te ubican en un lugar poco feliz, dado que si la negativa se aproxima surgen los calificativos que hacen agua dentro de la irrealidad de una invención armónica que, a diferencia de lo que muchos creen, se ve reflejada en la televisión. Una televisión que es, en versión de cuadrado, nuestra representación.

Representación Social

La TV es una representación social amalgamada con la ficción para darle un marco funcional al medio. Un contenido atrapante que genere y reproduzca televidentes y con ellos, rating. Así es como en las ficciones y en los realitys, lo primero que sobresale es la miseria. La miseria de la humanidad. La miseria del mundo. La miseria individual que compone el pauperismo colectivo del sentido de la acción egocéntrica.

Todo es volátil o centrado en la regla de costo/beneficio. Con lo cual, las peleas en la TV y la falta de lazos de solidaridad o de compromiso no pueden ser ajenos al espectador, ya que dichas faltas se observan plenamente, en variadas escenas de la vida cotidiana.

Entonces, el replanteo no pasa por el contenido televisivo y el chiquitaje obsceno, sino por el contenido que nosotros, como sociedad, estamos aportando a los medios.

Entra a rodar el pensamiento. Entendemos que todo es más cualitativo que cuantitativo en materia de amistad. De compañerismo.

Asimilamos, que para que la cosa funcione -como diría el genio Woody Allen- no se pueden sujetar todos los vínculos a la vorágine matrimonial. Entablar lazos y redes más allá del compañero o la compañera.

Sin embargo, lo que ocurre, es que aunque exista ese énfasis desprejuiciado por querer asemejarse a los hombres, muchas mujeres aún siguen siendo protuberancias de sus maridos, novios, amantes, etc. Sin ellos, no pueden moverse. A veces, ni siquiera, razonar.

Se cuelgan de los apellidos. De la trayectoria. De la importancia o notoriedad adquirida. Se relajan sobre el otro, molestamente. Y en esa relajación, el tiempo muerto al que ellas mismas se confinan sin hacer nada productivo, termina diluyéndolas.

Y llega el pase de cuentas. Lo que te di. Lo que hice. Como te cuidé.

Lo vemos en la vida real. Lo vemos en la televisión.

Carmen Barbieri no hace más que decir todo lo que hizo por el incontinente Bal.

El espejo

Existe, en el núcleo de portadoras de despecho, una construcción de sentido personal que las lleva a tener que arrastrar al resto. Todas debemos caer en desgracia. Ser testigos conscientes de las dulces tentaciones para convertirnos en espejo.

Se trata de las mujeres que sacan la araña interior que teje laboriosamente buscando solidaridades de alcoba. Que se hunden en profundos lamentos boricanos y se excitan, fogosamente, con látigos verbales contra maridos de la barbarie horizontal.

Por lo que necesitan, las indignadas, reproducir referentes. Reproducir en “amigas” o en aquellas que sirven como instrumento de soga, su propia historia. Deslizar, el espectro de la sospecha.

Construir, al mejor estilo de Carl Schmitt, un enemigo.

Lo hizo Alfano con Ale. Lo hace Barbieri con Bal. Y viceversa.

Indagar en complicidades y secretos.

Mentiras, engaños y ausencia durante 350 días para que luego, de repente, fuerte e insoportablemente, te pidan con urgencia, un café. Que en el lleve y trae se hayan sentido atraídas por algo y abruptamente quieran saber todo aquello que hiciste, lo que harás, lo que te queda pendiente y si es posible, contar alguna desgracia conyugal que te ubique en la fila de los renos.

Buscar un punto de conflicto común para “debatir” como si fuese un Talk Show.

Desnudarte para tomen una radiografía de todo lo que sos, de lo que fuiste y lo que serás.

Lo que te espera, de acuerdo a los monólogos e interpretaciones que las paracaidistas de ocasión, te diagnosticarán. Futurismo de mala vibra o menopáusico.

Puntos para analizar en un rally telefónico o de encuentros.

Una estructura voyeur. Un Gran Hermano de círculos insospechados con especulaciones agotadoras de un despecho lastimoso que necesita reproducirse para no caer en la soledad de un espíritu que en realidad, siempre estuvo vacío. Porque siempre estuvo colgado de un pene.

Final de buscas y vibradores

Están las buscas que llegan pasados 350 días del año y las que picotean como gallinas cuando un problema las angustia.

Son las que buscan para que se produzca el derrape.

Buscan, al mejor estilo de la mujer de Fabián Doman, Evelyn Von Brocke, el Talón de Aquiles del otro para mancillar, desde la sutileza de una frase, las vulnerabilidades o sentimientos del receptor.

Buscan en la auto construcción de sistemas de creencias de cabotaje que no siempre pueden ser transferibles, dar lecciones de vida. Lecciones que solo pueden ser asimiladas cuando el pensamiento, es débil. Cuando abunda lo blanco y escasea lo gris.

Son ellas y ellos, las buscas y los buscas, que desde la agitada manía del morbo, como hace por ejemplo, Lucho Avilés, sucumben en el derroche del tiempo elucubrando sobre las sábanas de los otros. Es que existe una creencia estereotipada de pretender que el otro actúe, piense y sienta (que construya su subjetividad) mirando paralelamente. Mirando quizás lo que para uno, en contraposición, puede ser el hastío del pasado sujeto a preceptos morales funcionales a cómo va la vida.

Apegados a un tiempo eterno que necesita de lo nuevo para contar, desde la hoguera de las vanidades, que en otro tiempo fueron mejores de lo que ahora son. Como lo hace Graciela Alfano. Atada a un pasado de película del cual nunca pudo salir y sobre el cual se enarbola, cada vez que una batalla mediática la cruza para sacar lo peor de ella. Tal vez, ese costado que por pudor y por conocer sus límites, no quiere sacar.

Así está conformada nuestra televisión. Bajo los parámetros sociales voyeur. Bajo el protagonismos que los accesorios sexuales -con forma de frutas y hortalizas- tienen en la atmósfera enrarecida de un exhibicionismo bochornoso que no tiene límites de clases y que se imparte, con desenfado, en las entrevistas que por ejemplo, Mónica Farro concede, y en las que cuenta que con un aparato vibrador con anotomía masculina, se satisface tanto o más que con Luengo. Su ex pareja.

Situaciones estrambóticas en las que se sostiene un ritmo de vulgaridad ascendente que queda registrado en la memoria y en el marketing público y privado de confesiones trastornadas por los preceptos melancólicos de la gloria que si no es mía, tampoco tiene que ser tuya.

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La utopía de la moral


Un hallazgo periodístico pone al descubierto las contradicciones y las incoherencias de los trabajadores de una sagrada e hipócrita televisión.

Aunque muchos periodistas se quejen y renieguen del medio que los acuna, la Televisión sigue teniendo el paradigma del escándalo y la venta voyeur, dentro de una técnica de reparto en la cual todos quieren participar y generar algo. No importa qué. Ni cómo. 

Tampoco los costos, ya que los mismos, como tienen efecto de dominó visual, serán los esperados por los protagonistas.

Es decir, se asiste a un momento histórico en la TV argentina que tiene que ver con una psicología “Border” caracterizada por exhibir, sin tapujos, en la pantalla, absolutamente todo. Un diván masivo que sirve como canalizador de catarsis, al mismo tiempo que de reconocimiento.

Y no interesa si la historia es real o inventada. Importa el resultado: RATING. Porque a pesar de la negación de los otrora amarillos, los trabajadores del medio, trabajan, entre otras cosas, para elevar el número que los consagra, o los baja.

Criterio de Fama.

Hoy, famoso, es cualquier persona que aparece en los medios. Que se sienta en un programa, cualquiera sea, que le de pantalla para decir todo aquello piensa.

Contar su historia de vida y manchar, en lo posible, a alguien.

No hay lazo de familia que importe. No hay límites. Y si los protagonistas no los tienen, es un absurdo pedirles a los conductores que no los dejen expresarse. Porque el problema no son los periodistas sino los protagonistas que pasan y creen que, sobrevivirán en el medio, sostenidos por el desquicio de las peleas.

Hay, además, una auto devaluación de la mujer que cree que la transgresión pasa siempre por la horizontalidad o el pauperismo de contar, su génesis felina.

A mayor frivolidad, más banalidad, más rating

A partir de esta ecuación se mueven algunos hilos mediáticos que marcan el pulso del rating generando mayor competencia y un sinfín de apuestas para aumentar los niveles de perversión que luego terminan frivolizando los temas -porque se tratan en contextos inadecuados- y a posteriori, por carácter transitivo, se banalizan.

La banalización implica comicidad. La cual, al mismo tiempo, tiene el impacto visual que produce morbo y estado voyeur. Invitación a mirar. Condimentos funcionales para el mejor funcionamiento de los programas dedicados a la recreación de escenas ambiguas. Generadoras de sentimientos encontrados.

Condiciones que llevan a que se hable de los desaparecidos con liviandad, así como de delincuencia y  Narcotráfico con jactancia.

No hay sensatez o bien, se simula insensatez para crear una atmósfera de ridiculización de situaciones peligrosas que marcan estadios históricos, así como una realidad actual atravesada por la anomia y la criminalidad cotidiana.

Moral Selectiva

De un tiempo a esta parte, y conforme a la batahola como motor del funcionamiento de la televisión, la moral se presenta como un concepto límite. Como una utopía debido a la consolidación de un sistema de creencias que consiste en relatar todos los detalles.

Lejos de ser un concepto y también un valor, la moral devino en una herramienta que divide subjetividades; sentimientos y acciones. Tanto es así, que a partir de las brutales declaraciones de Guerrero -hermano de la vedette Adabel- se desata una polémica acerca de cuál es el principio moral que maneja Tinelli para defender, con ahínco, a la participante de  Bailando por un sueño y no a todas las mujeres que Mike Tyson maltrató en su vida.

Planteo que hace Jorge Rial, conductor de “Intrusos”. Y sobre el cual no se puede hacer una refutación, dado que el concepto, además de ser claro, es cierto.

Tinelli, cuando Tyson estuvo en la pista de su certamen, lo idolatró. Fue mucho más allá de la exaltación de las cualidades de Tyson como boxeador. Alimentó, su ficticia “grandeza” de persona.

Es que En la TV, muchos de sus protagonistas manejan memoria selectiva. Moral selectiva. Como Tinelli, que en un programa acunó y cosecha grandes barbaridades.

Sin una línea de coherencia, se hace culto a la moral. Una burla de parcialidad.

Gran hermano

Lo que molesta de la presencia de un delincuente en los medios, es su postura de gloria y gracia delictiva pero no deja por ello, de ser un hallazgo periodístico

La participación inicial del hermano de Adabel Guerrero en “Intrusos” produjo bochorno dentro del campo periodístico. Desde la pacatería, varios conductores se preguntaban cómo se le podía dar pantalla a un ser tan nefasto y dejarlo decir tantas barbaridades de su hermana.

Hasta ahí es lógico. Pero todo decae cuando esos mismos periodistas que denostaron a Jorge Rial, llevaron al hermano a sus programas y no pudieron “bancar” la nota porque no tienen impronta, ni cintura periodística.

No cabía, para los que vinieron después, posibilidad de asombro. Sabían a quien llevaban. Lo que era. Lo que hacía y cómo se expresaba.

El lamento boricano y el repudio hacia Rial pasa porque el hermano de Adabel Guerrero es una nota efectista. Controvertida. Que concluye en una síntesis perfecta que dará, a todos, material.

Un hermano que da rating y una hermana que da lástima.

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"Fin de año en el manicomio"


Hechos que componen un relato de ficción con protagonistas reales sobre el futuro de nuestra Sagrada Televisión.

Dentro del imaginario fantástico. 


Final con cotillón casero

24 de diciembre de 2011. 

Diagnóstico: Abstinencia televisiva. 

Se terminó el Show del Gran Depredador hasta abril del año que viene. No hay razones para revocarse la cara con maquillaje; para buscar pelucas en lo de Miguelito Romano. Tampoco para elegir galeras ni trajes.

Es el final de un ciclo y la luz roja de la cámara se apagó. El espectro del nunca más sobrevuela por algunas cabezas deterioradas después intensos meses de batallas, peleas, ambigüedades y trastornos físicos.

Llega la Navidad y lejos de cualquier Fe, hay que comenzar a pergeñar como no “morir” en el verano. Qué hacer; qué decir; a dónde ir; con quién estar; y fundamentalmente, qué escándalo armar.

Decaen las emisiones y comienza el fastidio de lo mejor y lo peor del año. La molestia de los balances; el brindis; y la sobredosis de cliché. El fetichismo de los buenos deseos en la televisión.

Así es como todos deciden, para mitigar los dolores de la usencia de Tinelli y los escándalos, reunirse para “celebrar” las fiestas. Pero como prima el desborde y los neurotransmisores están alterados, la mejor cita, es un lugar de control.

Pasar, el fin de año, en un “manicomio”. En un espacio alegórico a nuestra Sagrada Televisión. Así es como para palear la locura, las extensiones se armaron con plumas de plumero; las pestañas postizas se improvisaron con cerdas duras de escoba; en lugar de galeras se usaron cofias y en lugar de bozales legales, barbijos.

Los "internos" recibieron para juguetear, cotillón casero. Utilidades de casa de reposo mental. Jeringas y sueros. Y un gran surtido de pastillas de colores dulces, mezcladas con granola para las mini tortas.

Para llegar al Manicomio hizo falta:

De acuerdo a lo que se ha visto a lo largo del año y a lo que aún resta por ver, los integrantes de nuestra Sagrada Televisión, nos han dado una clase de cómo hacer el ridículo y agotar las municiones para que la luz de la cámara se apague, y no haber pasado inadvertido. 

Ha sido un año televisivo en el que no faltó nada. Ni siquiera, lo más sensible de la historia argentina en el contexto de programas de chimentos con las interpretaciones más desopilantes y las explicaciones más absurdas. Es que en el vale todo mediático, los protagonistas terminaron comidos por el personaje que no logra quedarse en un estudio televisión.

Así es como lo llevaron a todas partes, sin nunca poder quedar con los rostros limpios. Sin el barniz de "Show". No lo hicieron ni lo harán. Mucho menos cuando las neuronas están desgastadas y la fatiga mental por ende, impide llevar adelante un razonamiento que si no existió durante el año, menos aparecerá en los últimos dos meses.

Honor a la ecuación: A mayor descompensación; mayor rating. Y bajo la misma, los componedores, construyeron su motor de trabajo. De aporte a un programa que perdió su eje para devenir en una extravagante vulgaridad que superó a los legendarios mediáticos como Jacobo Winograd y Guido Süller.

Porque ahora, quienes se sacuden en el ring de la mediocridad y andan a los baldazos limpios, son figuras que por talentosas o bien, por trayectoria de permanencia, están en el medio del espectáculo.


ALFANO PACHANO unidos por descalabro. Ambos fueron derrapando visiblemente en cámara.

La primera lograba descolocarlo. Sacarlo a punto tal, de gestar los movimientos más estrambóticos y excitados del ex Botton Tap. Al mismo tiempo, él  se afianzaba en su carrera de mediático y su talento artístico iba pasando a segundo plano.

Alfano también, además de operar como profundo factor desestabilizador, logró desfigurarse como mujer en una cosecha de rechazos generalizados. Se hundía en la paradoja de tener gran protagonismo y amplio rechazo entre sus pares.

Se peleo con Ventura y Rial. Se descompensó con Eugenia Lemos, se contradijo con Silvina Escudero y se tuvo que fumar la catarata de cuestionamientos de Eugenia Rito hasta llegar a los golpes con su obsesión “fatal”, Pachano.

Entre ambos se gestó una relación perversa que se disputaba en escena y fuera de cámara. Fueron succionados por el personaje que armaron. Se auto devoraron.

En otro ángulo, Ricardo Fort terminó siendo noticia por sus lamentables problemas de salud. Tanto cuerpo extraño ingresó a su cuerpo que hasta llegó a peligrar su vida. Sin embargo, desde el Sanatorio, insiste con hacer un reality que deprime.

Viviana Canosa atravesó por varias etapas. Intento emular a Coco Chanel y ahora, que logro tener un estilo y una estética agradable, derrapó con el discurso espiritual y de bandera feminista que podría volver a matar a Simón de Beauvoir y Hannah Arendt.

“Basta de miedos” es su libro y lo único que genera, cuando se la escucha, es miedo. Miedo a que una desilusión amorosa te haga volcar y terminar dando clases de auto ayuda de peluquería. O de pasajera de taxi que busca el análisis del generoso taxista. Miedo de sentir que uno puede tomar conciencia social acerca de cómo está el mundo, solo por ir a Haití.

Escuchar a Canosa a la mañana en la radio y verla, a la tarde en la tele, es como flagelarse con Rivotril y la discografía completa de Ricardo Arjona.

Cuestión de hormonas. Carmen Barbieri termina su año teniendo que reciclarse. Reinventándose tras una separación casi impensada. Santiago Bal se puso a full con la testosterona y de las miraditas paso a la acción con una chica que acusa 21 años y que se nota, de Buenos Aires y Mar del Plata, que su cometido fue la excusa de la ilusión seductora para ser elevada en Cartel teatral.

(Dicen en los expertos de barrio: "El que no come adentro, come afuera".)

Miserables “Nenas de Utilería”. Ella, “La Ayelén” consiguió que Bal desperdigara su baba y que Barbieri, con su humor negro, se enfrentase ante las cámaras reconociendo que las siliconas y las rodilleras de la juventud le humedecieron estremecedoramente su propia cama, pero afuera.

Así es como desde el lugar del desamparo, frente a las visibles vulnerabilidades, todos están contra todos. Y falta más. Aún quedan dos meses de masacre en la que seguirán arremetiendo. Sobre todo, contra aquellos que tienen jactancia mediática.

Todos ellos, en la hoguera de las vanidades y algunos, casi quemados en su alter ego, se encuentran bajo el panóptico del televidente. Aquel que no tiene licencias y el rating que pueda darte, en ocasiones, no es sinónimo de legitimidad sino de morbo social.

Los protagonistas arrasados por el Tsunami mediático, que no pueden manejar el anonimato, se volverán a ver cuando se apague la luz. Cuando el Chau, chau, chau sea hasta el año que viene y para otros, hasta nunca.

Se reencontrarán bajo los efectos de haber dejado de pertenecer en incertidumbre. Festejarán, entre extensiones de plumeros, purpurina de cabaret y agua destilada en emulación de vodka, el sacerdocio de la esclavitud de ser parte. Y se mostrarán, sin la presencia de la cámara, los huesos más miserables. Los que tal vez, para redoblar apuestas, publiquen en la temporada 2012.

Juntos y revueltos, se reunirán, bajo la utopía del amor en la televisión, para celebrar el fin de año. Un fin de 2011, en el “manicomio” de la imaginación. 


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"Prostíbulo en vivo"


Famosas de la televisión en estado enfermo y dejado. El ascenso de “Gatúbelas”.

Por decantación, todo paradigma, comienza a decaer. Así es como el escándalo, el bochorno y el desenfreno en la televisión empiezan a experimentar un proceso de evaporación que tiene, al mismo tiempo, auges extorsivos que por excesivos, fastidian.

Hay una tendencia que visualiza a un espectador que siente que la descompensación del otro ha dejado de ser un sistema de distención para transformarse en un ciclo en el que la línea divisoria entre show y realidad, ya no existe. Es que en el desafío por pertenecer y permanecer, los vínculos con la miseria se hicieron sentir más que nunca.

Se revolvió el pasado subestimándolo. Frivolizando situaciones y momentos históricos con hechos horizontales alimentados por protagonistas que sentían -hasta que la mirada social inició su accionar- gloria.

Todos fueron derrapando dentro de una temática llamada “Show” en la que el jugueteo con la cámara, la ambigüedad, el misterio y la desesperación por no desaparecer, pudieron más.  Y en esa dinámica perversa, el público, comenzó a optar por el zapping hasta llegar al cable.

Así es como las protuberancias de Tinelli comienzan a decaer y su Bailando, si bien sigue liderando la franja horaria dentro de la fuerte berretificación del Grupo Clarín, devino en un relajo.

“Bailando por un sueño” se convirtió en un espacio casi prostibulario de mujeres urgentes por ser famosas. Famosas camufladas en una performance y envueltas en las sospechas fomentadas por ellas mismas, del uso y abuso de las rodilleras.

El baile se constata como velo para trascender. El sueño es una excusa y el objetivo es exhibirse. Porque ni siquiera razonan sobre los placeres y la funcionalidad que les puede dar, la provocación de una sugerencia.

Todo es alevosamente explícito. Y es entonces, en ese momento, donde el quiebre comienza a producirse y lo que antes se podía maquillar, ahora, reluce por vulgaridad.

Las “enfermedades” comienzan a manifestarse de todas las formas y en todos los ámbitos. Una enfermedad acompañada, inexorablemente, por la dejadez. Esa dejadez que tiene que ver con las ausencias. Con las carencias. Con adolecer de normas básicas, por ejemplo, como el aseo.

Dejadez conceptual. Argumentos poco sólidos en las devoluciones así como en las entrevistas en las que los cronistas deben ayudar a la redacción de una oración con sujeto y predicado.

Una cadena de situaciones que desnudan un grotesco. Una patología voyeur de no guardar, ni siquiera, la intimidad húmeda de las sábanas de tránsito.

LAS CONSAGRADAS TAMBIÉN VUELCAN.

Juntos y revueltos en una Televisión guiada por la irreverencia del despojo de lo privado.

Por la mediocridad actual de una separación alevosamente pública -la de Barbieri y Bal- en la que hay un esmero por superar el espanto de una estructura de pareja artística que sin lugar a dudas lucra con su realidad o bien, con una puesta. Con un armado que vuelve a marcar una enfermedad y con ella, la dejadez de la condición humana.

 Ocurre, que cuando todo es demasiado visible, obvio y ajeno a la delicadeza que una mujer debe tener, genera rechazo. Y eso lo que se produce. Rechazo por el oportunismo de un “clientelismo” barato de “nenas de utilería” enfrascadas en el disfraz de “Gatúbelas”.




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"Inmolación en cámara"

Exhibicionismo y desgaste de imagen. La decadencia de Alejandra Pradón.



La banalización de los temas y el fracaso, son dos variables que pueden verse compulsivamente en la televisión. Mientras que la intimidad se volvió un negocio; los temas más urgentes de la sociedad se banalizaron en el absurdo de la negación y en la precariedad analítica.

Observamos, en la incontinencia verbal, la crueldad sin límites. Encontramos, en las miradas, la envidia por aquello que no se es. Y en algunos casos, la nostalgia por aquello que podría haber sido y no fue.

Los personajes de la Televisión hacen estallar la pantalla y el estallido impacta, inexorablemente, en las redes sociales. Como un boomerang se redoblan las frases destructivas y lo que antes podía ser gracioso, ahora, deviene en un sinsentido para el público.

Peleas que abruman ante la ausencia de contenidos.

Terminan siendo contiendas de múltiples agresiones con temas sensibles y delicados que ponen de manifiesto que más allá de la vanidad, algunos personajes del medio, se encuentran sumergidos en la hoguera de la maldad.

La liviandad del insulto y la calumnia como instalación de la duda.

Todo se convirtió en una descalificación que se inicia, siempre, a partir de un intercambio de palabras. A veces inocente, a veces armado. No importa. El resultado termina siendo la “barbarie” discursiva.

El dolo. La intención de dañar a la persona diciéndole gorda; cornuda/o; homosexual; estéril; vieja; etc.

La TV actual es el cuadro móvil de la sociedad. De todo aquello que cotidianamente ocurre. Es una catarsis constante en el que el show se mezcla con la realidad personal. Con hechos puntuales que condicionan una estructura de sentido. La estructura del televidente que ya no sabe qué es, a ciencia cierta, lo que divide la ficción de lo real.

Insisto. LA TV SE NUTRE DE LO SOCIAL PARA LUEGO FUNCIONAR DIALÉCTICAMENTE.


Existe una intencionalidad que ya no se puede enmascarar. El velo se descorrió para mostrar, con absoluta impunidad, que por un minuto de cámara o por permanecer en el medio, hasta la inmolación de la moral es funcional.

El Motor de la Decadencia: ALEJANDRA PRADON Y EL DESGASTE DE UNA IMAGEN.

Hundida en el ostracismo, Pradón vuelve a los medios, como siempre, para hablar de sus revolcones. Nunca pudo trascender los temas sexuales.

Alejandra Pradón revela lo que una mujer no tiene que ser. Los detalles de su romance con Menem y Tinelli la vuelven decadente. Poco mujer y femenina. En sus declaraciones, ella misma se falta el respeto. Lo mismo hace con los hombres que pasaron por su multitudinaria cama.

No solo es lo que cuenta sino también, cómo lo cuenta. Se presenta en los programas en una maniobrada y constante posición orgásmica.

Es el símbolo de la pena y la vergüenza. Sin embargo, apostó a eso para estar, por lo menos, durante una semana pululando por los medios. Para desempolvarse del encierro casero.

Padrón es un doble fracaso. Como artista y como dama.

Y de Pradones se va poblando, lícitamente, la TV. De diferentes edades y estéticas, brotan, como rabanitos, “las nenas de utilería” que por un minuto de cámara pueden inmolar su reputación. Mostrar su desborde porque saben que la locura da rating y la promiscuidad produce morbo.

La era voyeur está instalada. El talento, en las nuevas generaciones utileras, es casi una utopía.

El medio las acunó por escándalo. Sin embargo, son pocas las que pueden trascenderlo y demostrar que tienen un contenido más sustancial que las siliconas y el botox. Un contenido que evite el arrastre de terminar diluidas, felinamente, maniobrando el caño de un cabaret. Y no precisamente para mostrar un espectáculo artístico, sino para hacer, en puertas cerradas, el patético franeleo.







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Estado Voyeur

La TV que se nutre, lícitamente, del caos social. Mujeres urgentes.


En la desesperación por pertenecer, la debacle de la mujer en los medios es una constante. Es que existe un criterio de pertenencia equivocado en lo que a la televisión respecta.

Pertenecer tiene que ver con ser parte sostenida del mundo del espectáculo. Desechar a los paracaidistas de ocasión que ni siquiera pueden, de lleno, formular verdaderos escándalos.

Mantenerse en el tiempo con las cualidades artísticas. Con talento o a veces, tan solo, con carisma y belleza. Calificaciones por las cuales, una mujer, puede pasar a las filas de la consagración aunque sea limitada. Palabra que puede sonar despectiva pero que alude, en este caso, al poco vuelo intelectual o de simple cultura general. (Susana Giménez)

Sin embargo, dentro de las nuevas líneas del cabotaje, la fama está dada solamente por aparecer en la televisión. Sin importar cómo y por qué. Mostrarse. Vender un bochorno. Incluso, hasta un delito. (La Narco Modelo)

Mostrar la miseria. Exhibir los avatares de la vida como un mecanismo para generar lástima en el afuera apelando, además, a la memoria emotiva. Ola de acosadas sexuales. De vulneradas en sus urgencias por productores. (Las Hermanas Pombo)

La paradoja, es que en este paradigma televisivo que se auto regula conforme al minuto a minuto, todo es lícito. Y lo lícito está dado por la legitimidad del público que consume por gusto, disgusto u opción, un formato, una pelea.

Todos miran y opinan.

La sensibilidad, en general, es una utopía. La negación de saber lo que ocurre, una postura intelectual.

Estado Voyeur que combina peleas y sexualidad en todas sus formas, estilos y gustos. Un desafío visual. Una provocación. Y una metodología, en algunos casos, de trascender por una felatio. 

No hay límites porque los contenidos televisivos no están generados por la TV misma sino por una realidad, la social, sometida a un estado de descomposición que busca su reconstrucción, hasta ahora sin resultados positivos, a partir de la confrontación y el escándalo.

Un comedero de dimes y diretes que salpican y por momentos abruman hasta a sus propios protagonistas. En donde la materia gris es utilizada para la difamación o bien, para elucubrar con enfermedades. Ocurre, que éstas últimas, se han convertido en motores o disparadores de peleas que van más allá de cualquier tipo de análisis. Que no se pueden, ni siquiera, explicar desde la racionalidad porque la síntesis tiene que ver, únicamente, con la mediocridad del ser. (Pachano, Alfano, Fort)

HIV y Cáncer no son frenos para llamarse a silencio. Tampoco se colocan aparte de las "contiendas". Se tiran con todo.

LA LOCURA GENERA RATING.

La televisión se ha convertido en un “manicomio” de infamias y dedos que juzgan la construcción subjetiva del otro. Sus formas de actuar, pensar y sentir.

El FETICHISMO DE LA PAZ Y LA INTIMIDAD: La intimidad dejó de ser un deseo para pasar a ser un negocio.
Desde la estática fotográfica al movimiento del video, se pueden ver hasta los orificios más insospechados. Encuadres en momentos escatológicos y dualidad sexual. (Alfano. Escudero. Viale)

Se trata de la globalización sexual que se nutre de las facilidades de la tecnología. Filmarse o fotografiarse haciendo el amor o en otras circunstancias es una forma de simular ser mirados. De alimentar, en la ficción, la libido.

Una generación de fantasías que luego forman parte de toda la sociedad que las consume y que paralelamente, se hace su propia película. Se disparan los imaginarios por filtración de información, robo de teléfonos celulares o cámaras digitales.

La excepción: NENAS DE UTILERIA O MUJERES DE DERRAPE FÁCIL Y VULGAR QUE VENDEN O LLEVAN EL MATERIAL A LAS PRODUCCIONES PARA OCUPAR EL EPICENTRO.

DESNUDOS Y “PARTUSAS” FUNCIONALES A LA PRENSA


No hay fronteras. Ni siquiera un espacio de reflexión para evaluar el deterioro de la imagen de una mujer en situaciones tanto privadas como límites. Es que si la persona misma no resguarda su intimidad, los medios, aunque sea un tema también de debate controversial, tampoco tienen por qué velar por el resguardo de la exhibición maniobrada.

Muchos periodistas, en las últimas semanas, preguntaban si la tapa de Juana Viale desnuda (Foto Casera) en el Diario Libre era noticia. Noticia relevante no es. Lo que sí, tiene un fuerte impacto visual y por ende, efectista. Motivos suficientes para ser colocada en portada dentro de este esquema directamente proporcional.

A MAYOR EXHIBICIONISMO Y LOCURA; MAYOR RATING TELEVISIVO; MAYOR VENTA GRAFICA.

Lo que sea y más, para ingresar al circuito mediático con ramificaciones 24 por 24 o bien, para salir de la angustiosa telaraña que envuelve a muchas mujeres cuando el paso del tiempo es tomado como un castigo envolvente en el deterioro fomentado y no como un aprendizaje para permanecer, con dignidad, en el luminoso y sesgado mundo del espectáculo. (Alejandra Pradón)

La receta: El Escándalo. Los moldes: Los formatos que los mediáticos y no mediáticos utilizan para soltar la cadena del desquicio.

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Graciela Alfano: "La Jurado"

Desbordes y temores ante la desesperación por no desaparecer.


Tras un recorrido cuestionado por el mundo del espectáculo, Graciela Alfano se consagro, en este último año, como una mediática más sin frenos ni tapujos. Crece en el bochorno personal y con ello, contribuye a regar el rating de Marcelo Tinelli.

Es, Graciela Alfano, mucho más que un jurado dentro de “Bailando por un sueño”. De hecho, trabaja las 24 horas por el programa. Sobre todo, desde la vulgaridad optada para expresarse a través de la red social Twitter. Frases desafortunadas y fotos que en lugar de ubicarla dentro del común denominador social, la vuelven visualmente escatológica. Incluso, hasta en la imaginación.

Encontró, mediante la desmesura y la osadía del ridículo, convertirse en el pulso que resucita los vacíos o las falencias indecorosas de algunos moderados participantes que no les interesa o bien, que no saben ingresar a la jungla del me dijo, le dije, le digo.


En el no saber o desinterés, los puntos decaen.

Porque el baile es solo una excusa. Un fetiche para cubrir la verdadera esencia del programa. Aquel que se construye entre la improvisación del humor agresivo, el juego perverso armado y las escenas de la vida cotidiana que todos los integrantes del show, por ser públicos, vuelcan en los medios.

Afán protagónico
La impronta estructural bizarra de Alfano la convierte en una araña insaciable. Que no para de tejer dramas para volcarlos en la pantalla. Dramas de terceros y burlas hacia terceros. Ella les maneja el ego. Para arriba o para abajo hila la conversación e induce, despóticamente, las respuestas.

Grita, implícitamente, que le respondan con agresividad, ya que es la agresividad el motor de su vida dentro del certamen. La dinámica de la caricatura y el choque, son las variables que convirtieron a Graciela en una pieza fundamental del programa.

Incluso conoce perfectamente cuál es el momento de llamarse a silencio. De apelar a la moderación. Acariciar la lástima. Es el instante en el que ella percibe el abismo. El final temido. Cuando el conductor y los productores comienzan a mirarla con rostro de Adiós.

Crecer en medio de la nada. El sustento de la belleza.

Alfano carece de talento para bailar y cantar. Goza de una belleza exquisita que por temor al paso del tiempo la fue desdibujando con cirugías. Sin embargo, a pesar de las plásticas groseras, sigue teniendo algo que conmueve. Que exalta la libido de hombres y de ciertas mujeres.

Ella esconde generosidad y ternura. Desnuda lo peor, puesto que conoce la ecuación. "A mayor descompensación, mayor rating".

Por una u otra razón siempre estuvo sostenida en el medio. Su romance con Ale y algunos peleas fueron la dinámica de los últimos años hasta arribar a Bailando.

Entre el todo y la nada, se quedo con la nada. Y en esa nada se reinventó como pudo.

DEJAR DE PERTENECER. El ESPECTRO DE LA LUZ ROJA APAGADA.

Con su discurso auto referencial, remarca hasta la propia excitación, sus conocimientos de actriz. Sus técnicas de actuación. El cliché de la interpretación como herramienta de devolución para armar siempre la misma frase pero con distintas palabras.

Es que en ella sobrevuela el fantasma de la desaparición. Que la luz roja de la cámara nunca más vuelva a encenderse en su vida.

El miedo por dejar de pertenecer. La pesadilla de que en algún momento, el medio la deje ir para nunca más volver. Entonces, en la astucia de la locura, busca la permanencia y permite que se la utilice como instrumento discordante. Generadora de miserias que mueven los números de la depredación de Tinelli. Aquellos que agudizan la Tinelli Dependencia, a su pesar, del Grupo Clarín.

Así es como Alfano vive al límite cada programa. Como si fuese el último.

Sabiendo que hoy es un bien de uso redituable y que mañana, perfectamente, como todos los que están allí, podrá convertirse en un bien de cambio porque la técnica de la economía de mercado agiornada y constituida por Ideas del Sur, mucho tiene que ver con la lógica del despojo. Con una explicación marxista ajustada a la pos modernidad.

Una técnica lícita en la televisión. Es explícita.

De ahí, la importancia de ser algo más que una protuberancia de Tinelli. Tener, por lo menos, una changa aparte. Por fuera del circuito que así como te eleva, te depreda. Consecuencia natural del canibalismo de nuestra sagrada televisión.