La funcionalidad de la debacle y la urgencia de la fama.
Desde la carencia veraniega de contenidos televisivos aflora la relevancia de Marcelo Tinelli y su show en el contexto de un paradigma que aún no se ha agotado como consecuencia de la preponderancia del escándalo.
De lo bizarro y lo grotesco. De lo lícitamente limitado que aporta el lumpen farandulero que emerge de realitys o de extras de rupturas amorosas.
La sociedad de consumo le ha dado a Tinelli legitimidad en un crecimiento sostenido de reciclaje, reinvento e incorporación de la vida privada del otro en un estudio de TV que ha sido testigo del me dijo, le dije, le digo.
Que ha operado a modo de funeraria levantando a todos aquellos cadáveres que no supieron acomodarse por fuera de la pantalla.
Es entonces, Tinelli, quien genera y contagia en el medio. Cuando no, hay que indagar y orquestar. Crear una noticia. Subirse al vértigo del rating e ir demoliendo y erigiendo obras teatrales y personas.
Gestar violencia verbal y ser, en la medida de lo posible, soberbiamente vulgar para llamar la atención y devenir en un atractivo que pone en evidencia que la teoría estética ocupa un lugar parcial en este ciclo. Que lo feo predomina ante lo bello porque la fealdad tiene excesivas connotaciones y burlas que permiten el desembarco de los legendarios mediáticos. Aquellos que fueron programados protagonistas de los mediodías con Mauro Viale durante el caso Cóppola.
Que enriquecieron de banalidad y bochorno las tardes de canal nueve en ZAP.
Actualmente, vende más la historia de una actriz polémica y empastillada como Nazarena Vélez que el romance de Celeste Cid y Fito Páez. Sucede, que el morbo y la potencialidad de la tragedia conmueven a los televidentes asombrosamente. Incluso, al mismo periodismo.
Veamos. El deterioro mental y físico de una persona se han convertido en características funcionales al interior de los shows. De la jungla de los medios que desconoce voluntariamente la ética de la moral y los valores para navegar en el desenfreno del poder. Ganar el minuto a minuto. Así son las reglas de juego.
La premisa es: Si los que quieren entrar no ponen los límites, nosotros tampoco lo haremos.
Es una cuestión puramente comercial. De negocios, ante la urgencia de la fama.
Asimilar información, contarla bien y mostrar decadencia con los necesarios condimentos circenses tiene un sabor inmejorable.
Bajo estas características reaparecen varios personajes. El más controversial por su forma de presentarse es Jacobo Winograd. De limitado vocabulario pero tendenciosamente histriónico al momento de relatar algún hecho, Jacobo es uno de los emblemas de nuestra sagrada televisión, ya que no pretende ser lo que no es: un Dandy.
Sin renegar de su pasado de hombre que movía algunos de los hilos del mercado de la prostitución, hoy reaparece en la TV convocado por las producciones y los conductores con la excusa de ayudar a “explicar” las causas del síndrome mediático de Vélez. Lo cierto es, que su aparición marca la debacle creativa, la falta de talento y la ausencia, otra vez, de Marcelo Hugo. Entonces, necesitan de los desmesurados de antes para por lo menos flotar.
Jacobo es remador y su trayectoria noctámbula hace temblar a más de una figura consagrada y a las nuevas nenas de utilería.
Ha formulado sus propias teorías en las que combina suela gastada con los ingredientes que la televisión requiere para que el público no opte por cambiar de canal.
Y así como los medios le dieron una identidad a la Anaconda de Carlos Nair, Jacobo consagró, como siempre los ha llamado, a los Pinochos de muchos empresarios que son buscados por las chicas que cotizan más por aparecer en cámara pero que tienen que sentarse para asegurarse un billetito mensual, una Louis Vuitton y una joya.
Son las utileras caracterizadas en la excelencia de la nada con especialización horizontal.
Ellas están bajo el panóptico Winograd que no tiene continente. Que se sienta frente a Chiche Gelblung o Jorge Rial sin vender simulacros de todo aquello que podría haber sido y no fue.
Entonces, cuando la luz roja de la cámara se enciende, el Pinocho es a Jacobo, lo que Anaconda es a Carlos Nair Menem.
Los miembros protagónicos de la televisión.
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