Susana Giménez y la funcionalidad de la muerte en la oposición.
Desde la liviandad del conocimiento entremezclado con la prepotencia del factor fama, la Sra. Susana Giménez sale a dar una conferencia improvisada frente al brutal asesinato del florista y decorador Gustavo Damián. Un chico sumergido en la artificialidad del estilo que cobra relevancia por estar al lado de la diva y no, lamentablemente, por sí mismo.
Era, además del perro bajo el brazo y el asistente, el clásico “Che pibe”, como dicen en el barrio, que toda “estrella” del espectáculo necesita para sentirse como tal. Un ambientador de espacios que necesariamente debían hacer juego con las inquietantes demandas de una mujer ya cansada de las luces pero que necesita de las mismas porque esos colores y ese estudio de TV son su vida. Todo debe estar en relación con la estelaridad
Las fuentes revelan que el crimen tiene los clásicos rasgos mafiosos en los cuales, la alevosía, no podía faltar. Como tampoco pueden faltar, los ventajitas de siempre que pululan por los medios argumentando que conocían al metódico decorador de puntillosa muñeca.
Mediáticos, nenas de utilería y todos los programas de chimentos que, lícitamente, viven de los escandaletes y que en algunos casos son menos sensacionalistas que los programas que se auto denominan serios.
Resulta que hoy, todos tenían algo que ver con él. Aunque sea, por haber compartido el momento más trivial se sale al ruedo. Recuerdan a la persona que fue. Entran en la vorágine discursiva del cliché de un final inmerecido. Porque en la cápsula de algunos famosos pertenecientes a la colonia artística exclusiva, lo único que verdaderamente vale o conmueve, es lo propio.
Ser asesinado no es un buen final para nadie. Pero frente a la limitación de Susana la frase es válida, dado que los fans o seguidores fascinados creerán que la diva posee verdadera conciencia social. Creerán, que su memoria, no es selectiva.
Entonces, a partir de la muerte de uno de los integrantes de SU séquito, la agenda en materia de seguridad cobra glamour porque la diva en su brutalidad lanza una frase desmesurada que nunca puede ser aplicada en todos los casos.
La precariedad informativa y la ausencia de lecturas de rigor la llevaron a pedir “pena de muerte para los que matan”.
No puede, al sentirse tocada, discernir situaciones y casos. Ella, a su manera, reclama justicia. Y pasa, por su popularidad, a ser la vocera del fatigado ciudadano argentino que no goza de los privilegios mediáticos.
Una caravana de reclamos y un crimen que termina siendo funcional a la oposición. Todos quieren sumarse para opinar sobre un tema que ya tiene especialistas y un varieté de inútiles gubernamentales enquistados en culpar a los pobres de la barbarie delictiva argentina.
Las voces se entremezclan y la que más se hace sentir es la de Elisa Carrió.
La apocalíptica de la política que vio luz, y entró para operar como intérprete de lo que verdaderamente quiso decir la telefonista estrella. Para aclarar que con este gobierno y los anteriores, los argentinos, estamos en el horno.
Solo falta que aparezca Lubertino. Quien cuando apenas ve que la luz roja de una cámara se enciende, su cara se transforma en la paleta colorida de un pintor expresionista y esgrime: DISCRIMICIÓN.
Todos mirando su propio círculo mediato pero utilizando al muerto que resultó ser, por desgracia, el centro de batalla. La línea que todos bajan y que forma parte central de los paupérrimos discursos de campaña que ingresan en los pasillos chimenteros de los canales de televisión.
Era, además del perro bajo el brazo y el asistente, el clásico “Che pibe”, como dicen en el barrio, que toda “estrella” del espectáculo necesita para sentirse como tal. Un ambientador de espacios que necesariamente debían hacer juego con las inquietantes demandas de una mujer ya cansada de las luces pero que necesita de las mismas porque esos colores y ese estudio de TV son su vida. Todo debe estar en relación con la estelaridad
Las fuentes revelan que el crimen tiene los clásicos rasgos mafiosos en los cuales, la alevosía, no podía faltar. Como tampoco pueden faltar, los ventajitas de siempre que pululan por los medios argumentando que conocían al metódico decorador de puntillosa muñeca.
Mediáticos, nenas de utilería y todos los programas de chimentos que, lícitamente, viven de los escandaletes y que en algunos casos son menos sensacionalistas que los programas que se auto denominan serios.
Resulta que hoy, todos tenían algo que ver con él. Aunque sea, por haber compartido el momento más trivial se sale al ruedo. Recuerdan a la persona que fue. Entran en la vorágine discursiva del cliché de un final inmerecido. Porque en la cápsula de algunos famosos pertenecientes a la colonia artística exclusiva, lo único que verdaderamente vale o conmueve, es lo propio.
Ser asesinado no es un buen final para nadie. Pero frente a la limitación de Susana la frase es válida, dado que los fans o seguidores fascinados creerán que la diva posee verdadera conciencia social. Creerán, que su memoria, no es selectiva.
Entonces, a partir de la muerte de uno de los integrantes de SU séquito, la agenda en materia de seguridad cobra glamour porque la diva en su brutalidad lanza una frase desmesurada que nunca puede ser aplicada en todos los casos.
La precariedad informativa y la ausencia de lecturas de rigor la llevaron a pedir “pena de muerte para los que matan”.
No puede, al sentirse tocada, discernir situaciones y casos. Ella, a su manera, reclama justicia. Y pasa, por su popularidad, a ser la vocera del fatigado ciudadano argentino que no goza de los privilegios mediáticos.
Una caravana de reclamos y un crimen que termina siendo funcional a la oposición. Todos quieren sumarse para opinar sobre un tema que ya tiene especialistas y un varieté de inútiles gubernamentales enquistados en culpar a los pobres de la barbarie delictiva argentina.
Las voces se entremezclan y la que más se hace sentir es la de Elisa Carrió.
La apocalíptica de la política que vio luz, y entró para operar como intérprete de lo que verdaderamente quiso decir la telefonista estrella. Para aclarar que con este gobierno y los anteriores, los argentinos, estamos en el horno.
Solo falta que aparezca Lubertino. Quien cuando apenas ve que la luz roja de una cámara se enciende, su cara se transforma en la paleta colorida de un pintor expresionista y esgrime: DISCRIMICIÓN.
Todos mirando su propio círculo mediato pero utilizando al muerto que resultó ser, por desgracia, el centro de batalla. La línea que todos bajan y que forma parte central de los paupérrimos discursos de campaña que ingresan en los pasillos chimenteros de los canales de televisión.
