13 mayo, 2009

Ensayo de la perversión

Una relación directamente proporcional marca los ritmos de la televisión, ejemplificado en el caso de Beatriz Salomón.

A partir de la tendencia sostenida de la mirada puesta en la vida privada de las personas, los ecos de la sociedad de consumo se revelan en las distintas esferas de la vida en una celebración inquietante del ridículo. Se asiste pues, a la imperiosa necesidad de observar al detalle todas aquellas cosas y actitudes que tengan que ver con lo grotesco en vista que la denigración del individuo se transforma en el regocijo colectivo.

Se perciben las formas de actuar, pensar y sentir del otro a partir de una caricaturización de los escenarios mediáticos que se transforman en legítimas peluquerías en las que mujeres de todo tipo se reúnen para ojear revistas y hacer los respectivos comentarios sobre lo que una imagen les representa. Comentarios casi siempre vinculados al sentido estético o una ética de la moral y los valores ya casi difusa. Tal cual sucede en los medios. Fundamentalmente, en radio y TV. Con la diferencia que en ésta última la imaginación pasa a un segundo plano, puesto que casi todo se ve, alimentando así la característica voyeur profundizada en la ultra modernidad.

Con personajes que succionan a la persona misma y con un estado yoico de máxima preservación, las figuras transitan el medio sabiendo que para estar dentro deben darle al público lo que éste último desea. Sin embargo, a veces sucede que el consumidor no tiene absolutamente claro qué es aquello que quiere ver y/o escuchar. Entonces, en su rol de permanente cooptación, los productores hábiles, someterán a ese público inquieto y expectante a participar de la experiencia de prueba- error. Esto significa poner una historia de vida en pantalla y ver hasta qué punto la misma vende. Si es redituable conforme a lo que el encendido marca.

Así es como la exhibición de la vida privada con o sin consentimiento se hace pública. Tal es el caso de Beatriz Salomón y las cuestionadas cámaras ocultas que revelan desde casos de corrupción hasta fatídicos secretos de alcoba que ponen en jaque los lazos de familia así como el estado de situación de la sociedad actual.

Esa violación a la intimidad permitió observar al esposo de uno de los emblemas de los años ’80 en una situación que no hacía más que revelar una beta homosexual. Hecho que, por un lado, alimenta el ojo del televidente satisfaciendo intrínsecas necesidades y por otro lado, provocan en el seno familiar un huracán de controversias. Aquellas que colocaron a Salomón en el epicentro analítico que ha despedazado y aún sigue haciéndolo, los deshechos que quedaron de ese matrimonio.

Porque dadas las condiciones de pertenencia para con el medio, así como las representaciones sociales que tienen los hechos ligados a la infidelidad que son televisados en cualquiera de sus formas, homo o heterosexuales, despiertan interés por perversión.

La imagen de una mujer devastada, replegada en la indignación de la traición que los otros no referentes hacen pública por sumar una primicia, la indiferencia de los otros referentes llamados pares actorales, la abulia de los productores y el etiquetamiento social son, al momento de juzgar, más poderosos que el talento y la conducta sostenida en el tiempo.

Todos ellos, condimentos suficientes para devorar psicológicamente a un ser humano que encuentra, paradójicamente, en el mismo medio en el que se comete el abuso (Televisión) un espacio de catarsis para manifestar sus miedos y necesidades. Frente a una cámara.
Frente a un interlocutor que durante esos minutos opera de terapeuta pero con la absoluta conciencia de ahondar en lo más profundo para lograr un punto más. Para ganar. Recaen en el brutal consuelo. En el absurdo cliché “Mira para adelante que tenes dos hijas”. Como si ella no lo supiera. Como si no fuera también, por sus hijas, que la vergüenza la carcome.

“No podes seguir así”. Expresiones de ficticio deseo. Derroche de voluntariosa sensibilidad que pide lágrimas y crisis bajo el velo de la eterna comprensión.

Se infiere de ello una relación directamente proporcional que tiene que ver con que a mayor descompensación, mayor es el show. Aunque uno de los protagonistas, en el caso de Beatriz Salomón, sea la víctima.

Se genera una relación funcional y dialéctica. La TV necesita de ella para responder a la perversión mostrando su deterioro y ella necesita de la TV para por lo menos, intentar reinsertarse en la jungla. Para penetrar, nuevamente, en la hoguera de las vanidades.