02 julio, 2009

Degeneración del espectáculo

La jactancia y desnudez del lumpen emergente y de otros decadentes en nuestra venerada televisión.

Con la emergencia del lumpen mediático que acapara todos los canales de la pantalla chica, los verdaderos integrantes del mundo del espectáculo quedan un poco relegados. Porque de un tiempo a esta parte, las peleas que se suceden son entre botineras y “nenas de utilería”.

Aunque también, el televidente se sorprende con las declaraciones de algunas mujeres que necesitan, para sostenerse en el medio, contar con quiénes mantienen la horizontalidad dentro de sus concurridas alcobas que forman parte de sus imponentes pisos recoletos o cuando no, de algún paquetérrimo hotel.

Las menos conocidas, se conforman con una habitación de pensión o se escudan en los locales ubicados en la calle Vicente López en las inmediaciones del cementerio. Otras, más bestialmente desprejuiciadas, se acomodan en alguna cortada.

Ellas, han conseguido terminar con el bueno gusto a punto tal de apagar, con la exposición desmedida, el encanto de la delicadeza así como el de la exquisita insinuación.

Desde las nuevas generaciones hasta las que ya pasan los cincuenta, han puesto de moda exhibir, grotescamente, no sus sentimientos sino la sexualidad. Se jactan de sus encuentros íntimos pregonados en el rally televisivo.

Se sientan como invitadas en los programas para describir, por ejemplo, si los hombres logran satisfacerlas. Si alcanzan a tener orgasmos o no.

Si en la inmediatez de los encuentros ocasionales experimentan placer o simplemente, nada.

Hablan de la importancia o no de los diámetros y los tamaños.

Se escudan, ante la vulgaridad que las envuelve, en el cliché de la equiparación entre el hombre y la mujer. Quieren ser más masculinas que femeninas y por ello aplican, en la esfera privada devenida en pública, la metodología cuantitativa.

Luego, una vez conseguida la notoriedad personal, la joya que tanto deseaban o un contrato como decorado en un teatro de revista o programa de televisión, tienen como método denostar a la persona. Arman el típico circuito del me dijo, le dije, le digo.

Relatar cómo se conocieron y enarbolarse en el supuesto logro si se trata de hombres casados o comprometidos. Se ríen, desmesuradamente, si ellos no logran cubrir sus básicos reclamos de mujeres necesitadas públicamente.

Sucede, que dentro de la mediocridad que surge y de la ya existente, predomina la necesidad de vivir la vida del otro. Es decir, ante la incapacidad evolutiva, la falta de talento, la insolvencia retórica y la decadencia mental, el camino que actualmente presenta funcionalidad, es el del escándalo.

El del deterioro que representa mayor rating.

El de la perversión que asegura varias horas de televisión.

O el de las acusaciones compulsivas y la degeneración del ser humano dentro de un mundo del
espectáculo devaluado por sus propios integrantes que en lugar de focalizarse en sus respectivos trabajos salen al ruedo para destruir aquello que hace el otro. También para meterse en internas ajenas y dar consejos por tener cuatro décadas de pantalla.

Se genera un círculo vicioso en el que la homosexualidad, la droga y la infidelidad pasan a ser protagonistas de extensas entrevistas en las cuales los periodistas, lícitamente, estimulan los roces porque saben que a mayor descompensación, más es el show que se monta.

Ellos, a pesar de ser criticados, hacen su trabajo. Se suben a la vorágine que hoy impera en el medio para no ser relegados. De ahí, los cuestionamientos de otros sectores del campo periodístico. No obstante, los encargados en enardecer la caldera que por estos días es nuestra venerada televisión son coherentes y no boicotean su espacio.

No hay límites y los códigos son individuales y no colectivos porque ese el paradigma de la televisión actual. La ausencia de límites y el intenso juego que navega entre lo promiscuo, lo border y lo vulgarmente entretenido por el asombro que a veces puede causar.

Se asiste pues, al paradigma de las declaraciones privadas más insospechadas para defenderse
de acusaciones o bien para ver, aunque sea una vez, la adictiva luz roja de la cámara.