La competencia indirecta y los reproches entre la diva y el divo.
Al interior de una TV bizarra en la que las figuras son suplantadas por el lumpen mediático y en la que el glamour ya ni siquiera se encuentra en los almuerzos de la señora de las cuatro décadas, desembarca Susana Giménez con su clásico programa.
Un programa que más allá de los cuestionamientos de contenido, revela que Susana es un producto. Una marca registrada que el televidente espera para darle, a través del encendido, legitimidad.
El público, años tras año, compra la espontaneidad como su principal característica. No importa la precariedad que ella pueda demostrar al momento de hacer entrevistas. Tampoco que tenga que leer la rutina o que se tropiece en una coreografía.
Lo importante es que Susana esté en pantalla y que el público se deleite con su imagen.
Que las mujeres puedan ver cómo está peinada, maquillada y por supuesto, vestida.
No importan los juegos de luces o los pícaros secretos para mejorar detalles de coquetería.
Al espectador desinteresado en analizarla o denostarla, solo le interesa verla. Escuchar por boca de ella sus peripecias, qué es de la vida de sus amores. Ingresar, ficticiamente, a sus laberínticos secretos de alcoba; penetrar en sus escasas peleas con algún colega y verla desplazarse, un poco desordenada, por su gran estudio de televisión.
Porque con el tiempo, SG se convirtió en un clásico que demostró, en su primera noche del domingo de éste nuevo ciclo y con sus gloriosos 32 puntos de rating, que su sola imagen trasciende el show lúdico y que Antonio Gasalla al igual que Guillermo Franccela funcionan con ella como no funcionan con Marcelo Tinelli.
En realidad, a este último, parece no estar funcionándole el festejo de sus dos décadas en sostenido debacle luego de haber relegado su herramienta de guerra basada en colas y lolas jóvenes. En cambio, a la diva, el rating y el vigor del comienzo la endulza. Tal vez, de la misma manera que lo endulzó, en sus primeros dos programas, al divo. Un divo que aceleró los tiempos cuando internalizó el fracaso de Bailando Kids. Cuando observó, que hasta la casa imaginaria de Gran Cuñado había agotado a sus seguidores.
Las elecciones y la ficción política representaron un exceso para una sociedad desgastada de las liviandades de la clase política.
Por lo tanto, el gran desafío de la diva para diferenciarla de Marcelo Hugo y con la ventaja de hacer un programa semanal, es no caer de 32 a 20 o 19 puntos de rating. Mantener su nivel para que la competencia indirecta reavive rispideces y potencie desafíos con las respuestas que, seguramente, llegarán desde el Gran Cuñado de famosos. Un segmento dentro de “Show Match” que caricaturiza, en esta oportunidad, a los famosos. En el cual se exacerba hasta el ridículo las particularidades de los individuos a personificar.
De hecho, Susana Giménez ya ha sido presentada y su silueta delineada en el cuerpo de la actriz Ana Martínez es similar a la de un matambre prensado que recibe el complemento de un discurso reiterativo e incoherente que apunta a resaltar ciertas debilidades de la diva.
Una batalla mediática que se inicia para calentar la pantalla pero más aún, para retorcer los egos de un ambiente artístico cada vez más acotado y en riesgo de sucumbir ante la constante presencia botinera y utilera.
La diva entonces, para no terminar como el divo y ser además una víctima futbolera tras el comienzo del tornea apertura, deberá pulir mucho más su ecléctico show.
Deberá embarcarse y nutrirse de los escandaletes de la semana para que la pasión de multitudes no arrase con la paqueta cita de las 21:30 por la pantalla de TELEFE.
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