16 marzo, 2009

Fama e inseguridad

Breves apuntes funcionales, inseguros, de divos y de sueños.

En un país en el que reina la selectividad, el tema de las políticas de seguridad se vuelve naturalmente complicado. A tal punto, que se llega a la caducidad del debate frente a la funcionalidad que algunos crímenes suelen tener en algunas personas que encuentran en el mismo una forma de adquirir notoriedad en los medios así como en el campo de la política. Entonces, el compromiso se desdibuja sin llegarse a saber si la lucha es individual bajo el velo de la colectividad.

Desde la parcialidad o desde la experiencia propia, todos se convierten en especialistas. Y en esa vorágine convergen diferentes voces que se debaten entre la banalización, la distorsión argumentativa y lo que cada uno cree que es o puede llegar a ser. Entonces, las teorías empíricas de los expertos al no ser sostenidas desde lo gubernamental, tampoco encuentran eco en la sociedad enjaulada.
Porque la inacción por incapacidad frente al estado de situación o bien, la ignorancia voluntaria del colapso característico de la Argentina actual, implica el descreimiento social sobre la operatividad de un sistema que, a ciencia cierta, no puede auto regularse.

El negador compulsivo, Aníbal Fernández, planteó que el delito no ha aumentado.
Fernández prosigue habitando el país de las maravillas en el imaginario que compartió, en su momento, con Arslanian.
Lo cierto es, que el crimen no solamente aumenta sino que se sofistica. Con lo cual, el problema, se complejiza. Por un lado, ante la abulia de la clase dirigente que no acepta la penetración del narcoterrorismo en el país y por otro lado, frente a la confusión de algunos sectores de la sociedad que consideran que el delito aumenta porque hay más pobreza. Tal es el caso de Fernando Peña.

Mientras el oficialismo gobierna bajo las reglas del juego de las escondidas, el dibujo de las cifras, la utópica redistribución del ingreso y un país con estadísticas delictivas “no alarmantes”, el opositor Alberto Rodríguez Saá quiere trabajar en el “mundo de los sueños” para solucionar los problemas que nos atraviesan.
Una sumatoria de demencias con retóricas alegóricas que lejos están de solucionar la barbarie existente en el territorio Nacional.
De ello se desprende, que ni la oposición ni el oficialismo, sabe cómo abordar el tema de la inseguridad.

Patricio Giménez (Hermano de Susana Giménez), desde su debilidad neuronal, manifestó que hay que darles más paco a todos los menores delincuentes para que se vayan consumiendo y dejen de matar. Una insuperable bestialidad de antología.
No piensa, Patricio, que a medida que el paco los devora internamente, siguen cobrándose la vida de inocentes.

“El que mata tiene que morir” expresó la diva de los teléfonos. Frase brutal propia de la vena del dolor.
La pena de muerte es una instancia absolutamente compleja que en un país con una justicia débil y acomodaticia como la nuestra, es imposible implementarla. No es viable, ya que aquí personas inocentes por errores de magistrados han pagado en la cárcel con años de su vida.
Las cárceles están pobladas, entre otras cosas, de parias que se amontonan sin discriminar tipos de homicidios, robos y hurtos, violaciones, etc. Hombres y mujeres que aún no tienen condena porque las investigaciones están encajonadas o paradas por cuestiones políticas. Entonces, la reformulación del Código Penal así como de todo el aparato judicial es una de las primeras medidas que deben tomarse para frenar la propagación del crimen organizado. Para limitar el descontrol callejero en su forma de pandillas, embriones de Maras o individuos aislados congénitamente criminales.
Más, dejar de priorizar los derechos de los reos y minimizar el los ciudadanos.

Plantear como lo hizo Moria Casan que a Susana no se la puede cuestionar es un absurdo, dado que en todas las esferas de la vida la tendencia en materia de opinión es salir a cuestionar aquello que dijo el otro.
A Susana no se la está cuestionando por su talento. Tampoco por su trayectoria ni vigencia en el medio. En su incontinencia por ser espontánea abrió, seguramente, una mesa de discusión que no deseaba porque no puede sostenerla.
Susana, en este caso, no tiene autoridad intelectual para hablar de inseguridad en los términos en los que habló.
1) Porque desconoce los temas de agenda.
2) Porque es absolutamente desinformada. Hecho que siempre se desprende de sus programas.
3) Porque esta es la primera vez que la diva habla de uno de los temas más preocupantes a nivel Nacional. Y lo hace, solo porque tocaron a un miembro de su burbuja glamorosa.
(Ver nota: SU seguridad)

En cambio, Mirtha Legrand, con todos los cuestionamientos que se le pueden hacer por su típica característica auto referencial, siempre, desde su programa menor, bajó línea al respecto.

Cuando el compromiso es verdaderamente acabado y legítimo, no se juguetea.
Si las divas convocan a las marcha el 18 de marzo, tienen que asistir. Sin embargo, hundida en su cápsula anti age, se comenta que Susana no asistirá al encuentro porque no quiere que se pierda el eje de atención con su presencia.
Tal vez, como informa hoy Primicias Ya, a la diva la tenga más preocupada el distanciamiento de su pareja Jorge Rama a causa del escándalo que lo envuelve con el narcotráfico y el fútbol. Un hecho que, lamentablemente y por carácter transitivo, la salpica.
Si SU séquito sabe aconsejarla y ella realmente está comprometida con la causa, seguramente, el 18, esté acompañando a la gente.

04 marzo, 2009

SU seguridad

Susana Giménez y la funcionalidad de la muerte en la oposición.
Desde la liviandad del conocimiento entremezclado con la prepotencia del factor fama, la Sra. Susana Giménez sale a dar una conferencia improvisada frente al brutal asesinato del florista y decorador Gustavo Damián. Un chico sumergido en la artificialidad del estilo que cobra relevancia por estar al lado de la diva y no, lamentablemente, por sí mismo.
Era, además del perro bajo el brazo y el asistente, el clásico “Che pibe”, como dicen en el barrio, que toda “estrella” del espectáculo necesita para sentirse como tal. Un ambientador de espacios que necesariamente debían hacer juego con las inquietantes demandas de una mujer ya cansada de las luces pero que necesita de las mismas porque esos colores y ese estudio de TV son su vida. Todo debe estar en relación con la estelaridad
Las fuentes revelan que el crimen tiene los clásicos rasgos mafiosos en los cuales, la alevosía, no podía faltar. Como tampoco pueden faltar, los ventajitas de siempre que pululan por los medios argumentando que conocían al metódico decorador de puntillosa muñeca.
Mediáticos, nenas de utilería y todos los programas de chimentos que, lícitamente, viven de los escandaletes y que en algunos casos son menos sensacionalistas que los programas que se auto denominan serios.
Resulta que hoy, todos tenían algo que ver con él. Aunque sea, por haber compartido el momento más trivial se sale al ruedo. Recuerdan a la persona que fue. Entran en la vorágine discursiva del cliché de un final inmerecido. Porque en la cápsula de algunos famosos pertenecientes a la colonia artística exclusiva, lo único que verdaderamente vale o conmueve, es lo propio.
Ser asesinado no es un buen final para nadie. Pero frente a la limitación de Susana la frase es válida, dado que los fans o seguidores fascinados creerán que la diva posee verdadera conciencia social. Creerán, que su memoria, no es selectiva.
Entonces, a partir de la muerte de uno de los integrantes de SU séquito, la agenda en materia de seguridad cobra glamour porque la diva en su brutalidad lanza una frase desmesurada que nunca puede ser aplicada en todos los casos.
La precariedad informativa y la ausencia de lecturas de rigor la llevaron a pedir “pena de muerte para los que matan”.
No puede, al sentirse tocada, discernir situaciones y casos. Ella, a su manera, reclama justicia. Y pasa, por su popularidad, a ser la vocera del fatigado ciudadano argentino que no goza de los privilegios mediáticos.
Una caravana de reclamos y un crimen que termina siendo funcional a la oposición. Todos quieren sumarse para opinar sobre un tema que ya tiene especialistas y un varieté de inútiles gubernamentales enquistados en culpar a los pobres de la barbarie delictiva argentina.
Las voces se entremezclan y la que más se hace sentir es la de Elisa Carrió.
La apocalíptica de la política que vio luz, y entró para operar como intérprete de lo que verdaderamente quiso decir la telefonista estrella. Para aclarar que con este gobierno y los anteriores, los argentinos, estamos en el horno.
Solo falta que aparezca Lubertino. Quien cuando apenas ve que la luz roja de una cámara se enciende, su cara se transforma en la paleta colorida de un pintor expresionista y esgrime: DISCRIMICIÓN.
Todos mirando su propio círculo mediato pero utilizando al muerto que resultó ser, por desgracia, el centro de batalla. La línea que todos bajan y que forma parte central de los paupérrimos discursos de campaña que ingresan en los pasillos chimenteros de los canales de televisión.