La caricatura de “Gran Cuñado” y el manejo de los hilos de la televisión.
Frente al agotamiento de los formatos importados, desde el año pasado, Marcelo Tinelli comenzó a pensar de qué modo revertiría una tendencia que venía en baja y que no podía decaer definitivamente en sus 20 años de permanencia sostenida.
Porque mientras pudo, explotó al máximo el derroche estético de las “nenas de utilería”, el baile y las peleas mediáticas. Se valió de lícitos instrumentos para hacer de su programa un gran show que también abasteció enteras producciones.
Fue una etapa que, por decantación, se diluyó. A punto tal de sentir que el desfile voluptuoso ya no era redituable. Que la brutalidad enarbolada en belleza había aburrido y que el público estaba demandando otra cosa.
Para ello, había que someterse a la experiencia prueba/ error en el agudo vértigo del aire.
Volver a los orígenes resultaba ser la alternativa más atractiva. Fundamentalmente, en una Argentina en la cual, la comicidad, comienza desde arriba.
Desde que se presentó en Canal 13 para festejar sus dos décadas en la pantalla chica y la latencia de “Gran Cuñado” tomaba forma, las especulaciones y los argumentos no tardaron en llegar.
Tinelli, una vez más, comenzaba a mover los hilos de la televisión.
Y fue así como la comicidad trascendió la pantalla para pegar en el oficialismo y la oposición, logrando que De Narváez y Macri fueran al piso de “Intrusos” y que el negador compulsivo de Aníbal Fernández haga un telefónico pidiendo resguardar a la Presidente.
Piden, lo que ellos no hacen.
Bajo el pulso del reality se generó un sistema de creencias asentado en la apertura de mesas de debate para observar cuánto influye en el electorado la estadía de algunos políticos en la imaginaria casa de “Gran Cuñado”. Un formato que deriva de “Gran Hermano” y que le hace honor a la gran degradación del ser humano que muestra, durante las 24 horas del día, desde sus virtudes hasta sus miserias.
En el caso particular de “Gran Cuñado” lo que se exacerban son las características estéticas y retóricas de los políticos argentinos alcanzando altos niveles grotescos y perversos para satisfacer las demandas de una sociedad de consumo voyeur.
Se refleja, desde la caricaturización, aquello que el imaginario colectivo se pregunta, sospecha o desearía ver. Como ridiculizar con fascinación los secretos de alcoba de Néstor y Cristina.
Se alimenta, desde otro ángulo más retorcido, la imaginación con una actuación que puede ser dolorosa para los imitados, como es el caso de Cobos y de La Rúa.
Ambos representados en una forma que roza lo senil y la estupidez. La base que toman los imitadores es que forman parte, entre otras cosas, de un estilo de retórica débil.
Que no tiene fuerza.
Se los revela, poco sanguíneos y pasionales hasta llevarlos a la denigración. Se explota, sin reparos, la realidad que conoce las vulnerabilidades al interior del campo político.
Ellos, son la antítesis peronista o de la emulación peronista con sus aciertos y desaciertos. Incluso, son la antítesis del PRO que desborda de onda más que de ideas.
Inspirados en la clase política, los personajes que laten en la casa ficticia, no son un invento de Tinelli ni de los imitadores. Son, simplemente, la profundización de esa visión que está dada por la realidad misma que se transmite al público. Porque recordemos, que a mayor ridículo, mayor audiencia. Es decir, la caricaturización individual en su máxima expresión tiene como devolución el deleite colectivo que se refleja en el encendido.
GC funciona dentro del programa mismo y se eleva, aún más, por todo lo que se genera durante el día. Por aquello que los programas de la tarde ponen en pantalla, despertando, además, la curiosidad de los antipáticos de Tinelli que no se han dado cuenta que en el rechazo y la detracción, también se esconde el éxito. Terminan, sin quererlo, siéndole funcionales. Tal es el caso de Pettinato.
Se profundizan empatías y apatías. No se revierten ideas o percepciones con el político original. La construcción subjetiva siempre es la misma cuando de la realidad propiamente dicha se trata.
La clave de lograr una legitimidad masiva de GC es que la sociedad de consumo se sumerja, en la vorágine televisiva que retoma el humor, sin intelectualizar el formato y mucho menos, consumiéndolo para definir candidaturas. Pensar eso es subestimar al televidente argentino que en sus elecciones ha ponderado a nuestra sagrada y ecléctica televisión.
Finalmente, lo que sí se produce, es que se puede tener rechazo con el político pero no con su personaje.
De Narváez es mucho más amigable dentro del grotesco que en su insulsa naturalidad.
Lo mismo sucede con D’ Elía.
Los personajes resultan más interesantes que las personas y con ello se logra lo que el público desea: distracción y relajación.
Pasar una hora y media amena más allá de estar inspirada en la decadencia política Argentina.
Y Tinelli, consigue auto regular sus productos dentro de lo que es una televisión selvática que se maneja como un sistema de regulación que depende de una doble legitimidad. Por un lado, la del otro referente y por el otro lado, la del no referente que debe consumirlo para denostarlo.
27 mayo, 2009
13 mayo, 2009
Ensayo de la perversión
Una relación directamente proporcional marca los ritmos de la televisión, ejemplificado en el caso de Beatriz Salomón.
A partir de la tendencia sostenida de la mirada puesta en la vida privada de las personas, los ecos de la sociedad de consumo se revelan en las distintas esferas de la vida en una celebración inquietante del ridículo. Se asiste pues, a la imperiosa necesidad de observar al detalle todas aquellas cosas y actitudes que tengan que ver con lo grotesco en vista que la denigración del individuo se transforma en el regocijo colectivo.
Se perciben las formas de actuar, pensar y sentir del otro a partir de una caricaturización de los escenarios mediáticos que se transforman en legítimas peluquerías en las que mujeres de todo tipo se reúnen para ojear revistas y hacer los respectivos comentarios sobre lo que una imagen les representa. Comentarios casi siempre vinculados al sentido estético o una ética de la moral y los valores ya casi difusa. Tal cual sucede en los medios. Fundamentalmente, en radio y TV. Con la diferencia que en ésta última la imaginación pasa a un segundo plano, puesto que casi todo se ve, alimentando así la característica voyeur profundizada en la ultra modernidad.
Con personajes que succionan a la persona misma y con un estado yoico de máxima preservación, las figuras transitan el medio sabiendo que para estar dentro deben darle al público lo que éste último desea. Sin embargo, a veces sucede que el consumidor no tiene absolutamente claro qué es aquello que quiere ver y/o escuchar. Entonces, en su rol de permanente cooptación, los productores hábiles, someterán a ese público inquieto y expectante a participar de la experiencia de prueba- error. Esto significa poner una historia de vida en pantalla y ver hasta qué punto la misma vende. Si es redituable conforme a lo que el encendido marca.
Así es como la exhibición de la vida privada con o sin consentimiento se hace pública. Tal es el caso de Beatriz Salomón y las cuestionadas cámaras ocultas que revelan desde casos de corrupción hasta fatídicos secretos de alcoba que ponen en jaque los lazos de familia así como el estado de situación de la sociedad actual.
Esa violación a la intimidad permitió observar al esposo de uno de los emblemas de los años ’80 en una situación que no hacía más que revelar una beta homosexual. Hecho que, por un lado, alimenta el ojo del televidente satisfaciendo intrínsecas necesidades y por otro lado, provocan en el seno familiar un huracán de controversias. Aquellas que colocaron a Salomón en el epicentro analítico que ha despedazado y aún sigue haciéndolo, los deshechos que quedaron de ese matrimonio.
Porque dadas las condiciones de pertenencia para con el medio, así como las representaciones sociales que tienen los hechos ligados a la infidelidad que son televisados en cualquiera de sus formas, homo o heterosexuales, despiertan interés por perversión.
La imagen de una mujer devastada, replegada en la indignación de la traición que los otros no referentes hacen pública por sumar una primicia, la indiferencia de los otros referentes llamados pares actorales, la abulia de los productores y el etiquetamiento social son, al momento de juzgar, más poderosos que el talento y la conducta sostenida en el tiempo.
Todos ellos, condimentos suficientes para devorar psicológicamente a un ser humano que encuentra, paradójicamente, en el mismo medio en el que se comete el abuso (Televisión) un espacio de catarsis para manifestar sus miedos y necesidades. Frente a una cámara.
Frente a un interlocutor que durante esos minutos opera de terapeuta pero con la absoluta conciencia de ahondar en lo más profundo para lograr un punto más. Para ganar. Recaen en el brutal consuelo. En el absurdo cliché “Mira para adelante que tenes dos hijas”. Como si ella no lo supiera. Como si no fuera también, por sus hijas, que la vergüenza la carcome.
“No podes seguir así”. Expresiones de ficticio deseo. Derroche de voluntariosa sensibilidad que pide lágrimas y crisis bajo el velo de la eterna comprensión.
Se infiere de ello una relación directamente proporcional que tiene que ver con que a mayor descompensación, mayor es el show. Aunque uno de los protagonistas, en el caso de Beatriz Salomón, sea la víctima.
Se genera una relación funcional y dialéctica. La TV necesita de ella para responder a la perversión mostrando su deterioro y ella necesita de la TV para por lo menos, intentar reinsertarse en la jungla. Para penetrar, nuevamente, en la hoguera de las vanidades.
A partir de la tendencia sostenida de la mirada puesta en la vida privada de las personas, los ecos de la sociedad de consumo se revelan en las distintas esferas de la vida en una celebración inquietante del ridículo. Se asiste pues, a la imperiosa necesidad de observar al detalle todas aquellas cosas y actitudes que tengan que ver con lo grotesco en vista que la denigración del individuo se transforma en el regocijo colectivo.
Se perciben las formas de actuar, pensar y sentir del otro a partir de una caricaturización de los escenarios mediáticos que se transforman en legítimas peluquerías en las que mujeres de todo tipo se reúnen para ojear revistas y hacer los respectivos comentarios sobre lo que una imagen les representa. Comentarios casi siempre vinculados al sentido estético o una ética de la moral y los valores ya casi difusa. Tal cual sucede en los medios. Fundamentalmente, en radio y TV. Con la diferencia que en ésta última la imaginación pasa a un segundo plano, puesto que casi todo se ve, alimentando así la característica voyeur profundizada en la ultra modernidad.
Con personajes que succionan a la persona misma y con un estado yoico de máxima preservación, las figuras transitan el medio sabiendo que para estar dentro deben darle al público lo que éste último desea. Sin embargo, a veces sucede que el consumidor no tiene absolutamente claro qué es aquello que quiere ver y/o escuchar. Entonces, en su rol de permanente cooptación, los productores hábiles, someterán a ese público inquieto y expectante a participar de la experiencia de prueba- error. Esto significa poner una historia de vida en pantalla y ver hasta qué punto la misma vende. Si es redituable conforme a lo que el encendido marca.
Así es como la exhibición de la vida privada con o sin consentimiento se hace pública. Tal es el caso de Beatriz Salomón y las cuestionadas cámaras ocultas que revelan desde casos de corrupción hasta fatídicos secretos de alcoba que ponen en jaque los lazos de familia así como el estado de situación de la sociedad actual.
Esa violación a la intimidad permitió observar al esposo de uno de los emblemas de los años ’80 en una situación que no hacía más que revelar una beta homosexual. Hecho que, por un lado, alimenta el ojo del televidente satisfaciendo intrínsecas necesidades y por otro lado, provocan en el seno familiar un huracán de controversias. Aquellas que colocaron a Salomón en el epicentro analítico que ha despedazado y aún sigue haciéndolo, los deshechos que quedaron de ese matrimonio.
Porque dadas las condiciones de pertenencia para con el medio, así como las representaciones sociales que tienen los hechos ligados a la infidelidad que son televisados en cualquiera de sus formas, homo o heterosexuales, despiertan interés por perversión.
La imagen de una mujer devastada, replegada en la indignación de la traición que los otros no referentes hacen pública por sumar una primicia, la indiferencia de los otros referentes llamados pares actorales, la abulia de los productores y el etiquetamiento social son, al momento de juzgar, más poderosos que el talento y la conducta sostenida en el tiempo.
Todos ellos, condimentos suficientes para devorar psicológicamente a un ser humano que encuentra, paradójicamente, en el mismo medio en el que se comete el abuso (Televisión) un espacio de catarsis para manifestar sus miedos y necesidades. Frente a una cámara.
Frente a un interlocutor que durante esos minutos opera de terapeuta pero con la absoluta conciencia de ahondar en lo más profundo para lograr un punto más. Para ganar. Recaen en el brutal consuelo. En el absurdo cliché “Mira para adelante que tenes dos hijas”. Como si ella no lo supiera. Como si no fuera también, por sus hijas, que la vergüenza la carcome.
“No podes seguir así”. Expresiones de ficticio deseo. Derroche de voluntariosa sensibilidad que pide lágrimas y crisis bajo el velo de la eterna comprensión.
Se infiere de ello una relación directamente proporcional que tiene que ver con que a mayor descompensación, mayor es el show. Aunque uno de los protagonistas, en el caso de Beatriz Salomón, sea la víctima.
Se genera una relación funcional y dialéctica. La TV necesita de ella para responder a la perversión mostrando su deterioro y ella necesita de la TV para por lo menos, intentar reinsertarse en la jungla. Para penetrar, nuevamente, en la hoguera de las vanidades.
05 mayo, 2009
Exposición miserable
Apuntes de Canosa, Rial y la faena mediática del regreso de Tinelli.
1- Desde el agobio de una cotidianeidad marcada por la puja electoral, el dengue, la gripe porcina, la inseguridad y el hastío que produce la manipulación, siempre hay lugar para lo bizarro y grotesco en una televisión de tarde que acelera el ritmo cuando a las cinco, el intruso y la profesional, comienzan a competir durante media hora, y si los números acompañan, varios minutos más.
Se reaviva la hoguera de las vanidades hasta caer en la calamitosa denigración de la condición humana a través de relatos que ponen al descubierto intimidades de lo que alguna vez se dio en llamar, amistad.
Porque el casamiento de Gerardo Sofovich con su mujer Sofía, fue funcional a la vorágine televisiva del minuto a minuto. Los profesionales estaban dentro y los intrusos, afuera. No obstante, se las ingeniaron para cubrir la boda haciendo hincapié en detalles que solo buscaban maltratar al empresario. Eso desató enojos y valiéndose de las pantallas que los amparan, se dieron a conocer los calificativos.
Así fue como mientras Rial y Ventura se mostraban en el programa con narices de payasos, regodeándose de lo que dieron en llamar el “Canjeamiento”, a Canosa y a su equipo les faltaban los clásicos secadores de cabello en una charla brutal de peluquería berreta.
Y Sofovich, aunque parezca extraño, quedó en el medio de una pelea mediática que versa entre la competencia de formato, las primicias, las exclusivas y viejos rencores entre los conductores de ambos ciclos que se valen de miserables expresiones legitimadas por una sociedad de consumo que goza de dicha disputa, ya que por momentos caen en un infantilismo que pone al descubierto cierta precariedad argumentativa.
Rial se nutre de las bajas de Canosa. Se enarbola en los fracasos. Como cuando la sacaron de Radio 10 o bien, cuando su programa de entrevistas en C5N fue debut y despedida.
Y ella, se vale de tener al señor que vive a su manera, siempre que se lo requiere y puede, sentado en su escritorio como escudo protector.
2- Anoche comenzó “Show Match”. Veinte años consecutivos en la pantalla, se inauguraron ayer con un despliegue que pone de manifiesto que Marcelo Tinelli es uno de los pocos empresarios televisivos que invierte para recrear la visual del público que siempre lo ha legitimado con el encendido.
Con un promedio que superó los 40 puntos de rating, elevando el excelente piso que la tira “Valientes” siempre deja, se lo pudo ver al conductor con templanza.
Moderado pero con su natural carisma, transitó el programa. Un programa que aún tiene que acomodarse, dado que durante éste 2009 serán los humoristas los encargados de condimentar, básicamente, al ciclo.
Todos estaban atentos a las declaraciones que se pudieran hacer sobre el divorcio. Porque así como el casamiento de Sofovich despertó comentarios de todo tipo, el divorcio de Marcelo Hugo, en su antítesis, también llevó a los medios a recrear conjeturas y especulaciones.
Sin embargo, no todo se ha dicho y tampoco se dirá.
Sucede, que en el mundo del espectáculo hay figuras que son intocables. Sobre las que se habla pero con un freno. Tal es el caso de la señora de las cuatro décadas (Mirtha Legrand) y de Marcelo Hugo.
El divorcio revolucionó, fundamentalmente, a las colgadas “nenas de utilería” que sujetas a su irrefrenable ignorancia y limitación, creen que podrán alinearse para llegar a ser la próxima Señora de.
También hay una descolgada veterana que ya no sabe en qué lugar acomodarse y que por estos días se regodea de saberlo al conductor, un soltero más.
Todas ellas, compiten por ver quién llega primera al experimento horizontal aunque para ello tengan que exponerse de manera miserable en la ya diluida esfera privada.
Las utileras, así como la famosa que ahora se esconde tras el velo de la seriedad actoral, desconocen que por estos días, lo único que mitiga la tristeza del conductor, es visitar, según cuentan vecinos de la zona, el hotel Faena. Un espacio en el cual, parece dulcificar su amargura.
1- Desde el agobio de una cotidianeidad marcada por la puja electoral, el dengue, la gripe porcina, la inseguridad y el hastío que produce la manipulación, siempre hay lugar para lo bizarro y grotesco en una televisión de tarde que acelera el ritmo cuando a las cinco, el intruso y la profesional, comienzan a competir durante media hora, y si los números acompañan, varios minutos más.
Se reaviva la hoguera de las vanidades hasta caer en la calamitosa denigración de la condición humana a través de relatos que ponen al descubierto intimidades de lo que alguna vez se dio en llamar, amistad.
Porque el casamiento de Gerardo Sofovich con su mujer Sofía, fue funcional a la vorágine televisiva del minuto a minuto. Los profesionales estaban dentro y los intrusos, afuera. No obstante, se las ingeniaron para cubrir la boda haciendo hincapié en detalles que solo buscaban maltratar al empresario. Eso desató enojos y valiéndose de las pantallas que los amparan, se dieron a conocer los calificativos.
Así fue como mientras Rial y Ventura se mostraban en el programa con narices de payasos, regodeándose de lo que dieron en llamar el “Canjeamiento”, a Canosa y a su equipo les faltaban los clásicos secadores de cabello en una charla brutal de peluquería berreta.
Y Sofovich, aunque parezca extraño, quedó en el medio de una pelea mediática que versa entre la competencia de formato, las primicias, las exclusivas y viejos rencores entre los conductores de ambos ciclos que se valen de miserables expresiones legitimadas por una sociedad de consumo que goza de dicha disputa, ya que por momentos caen en un infantilismo que pone al descubierto cierta precariedad argumentativa.
Rial se nutre de las bajas de Canosa. Se enarbola en los fracasos. Como cuando la sacaron de Radio 10 o bien, cuando su programa de entrevistas en C5N fue debut y despedida.
Y ella, se vale de tener al señor que vive a su manera, siempre que se lo requiere y puede, sentado en su escritorio como escudo protector.
2- Anoche comenzó “Show Match”. Veinte años consecutivos en la pantalla, se inauguraron ayer con un despliegue que pone de manifiesto que Marcelo Tinelli es uno de los pocos empresarios televisivos que invierte para recrear la visual del público que siempre lo ha legitimado con el encendido.
Con un promedio que superó los 40 puntos de rating, elevando el excelente piso que la tira “Valientes” siempre deja, se lo pudo ver al conductor con templanza.
Moderado pero con su natural carisma, transitó el programa. Un programa que aún tiene que acomodarse, dado que durante éste 2009 serán los humoristas los encargados de condimentar, básicamente, al ciclo.
Todos estaban atentos a las declaraciones que se pudieran hacer sobre el divorcio. Porque así como el casamiento de Sofovich despertó comentarios de todo tipo, el divorcio de Marcelo Hugo, en su antítesis, también llevó a los medios a recrear conjeturas y especulaciones.
Sin embargo, no todo se ha dicho y tampoco se dirá.
Sucede, que en el mundo del espectáculo hay figuras que son intocables. Sobre las que se habla pero con un freno. Tal es el caso de la señora de las cuatro décadas (Mirtha Legrand) y de Marcelo Hugo.
El divorcio revolucionó, fundamentalmente, a las colgadas “nenas de utilería” que sujetas a su irrefrenable ignorancia y limitación, creen que podrán alinearse para llegar a ser la próxima Señora de.
También hay una descolgada veterana que ya no sabe en qué lugar acomodarse y que por estos días se regodea de saberlo al conductor, un soltero más.
Todas ellas, compiten por ver quién llega primera al experimento horizontal aunque para ello tengan que exponerse de manera miserable en la ya diluida esfera privada.
Las utileras, así como la famosa que ahora se esconde tras el velo de la seriedad actoral, desconocen que por estos días, lo único que mitiga la tristeza del conductor, es visitar, según cuentan vecinos de la zona, el hotel Faena. Un espacio en el cual, parece dulcificar su amargura.
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