21 julio, 2009

El desafío de Susana (21-07-09)

La competencia indirecta y los reproches entre la diva y el divo.

Al interior de una TV bizarra en la que las figuras son suplantadas por el lumpen mediático y en la que el glamour ya ni siquiera se encuentra en los almuerzos de la señora de las cuatro décadas, desembarca Susana Giménez con su clásico programa.

Un programa que más allá de los cuestionamientos de contenido, revela que Susana es un producto. Una marca registrada que el televidente espera para darle, a través del encendido, legitimidad.

El público, años tras año, compra la espontaneidad como su principal característica. No importa la precariedad que ella pueda demostrar al momento de hacer entrevistas. Tampoco que tenga que leer la rutina o que se tropiece en una coreografía.

Lo importante es que Susana esté en pantalla y que el público se deleite con su imagen.

Que las mujeres puedan ver cómo está peinada, maquillada y por supuesto, vestida.

No importan los juegos de luces o los pícaros secretos para mejorar detalles de coquetería.

Al espectador desinteresado en analizarla o denostarla, solo le interesa verla. Escuchar por boca de ella sus peripecias, qué es de la vida de sus amores. Ingresar, ficticiamente, a sus laberínticos secretos de alcoba; penetrar en sus escasas peleas con algún colega y verla desplazarse, un poco desordenada, por su gran estudio de televisión.

Porque con el tiempo, SG se convirtió en un clásico que demostró, en su primera noche del domingo de éste nuevo ciclo y con sus gloriosos 32 puntos de rating, que su sola imagen trasciende el show lúdico y que Antonio Gasalla al igual que Guillermo Franccela funcionan con ella como no funcionan con Marcelo Tinelli.

En realidad, a este último, parece no estar funcionándole el festejo de sus dos décadas en sostenido debacle luego de haber relegado su herramienta de guerra basada en colas y lolas jóvenes. En cambio, a la diva, el rating y el vigor del comienzo la endulza. Tal vez, de la misma manera que lo endulzó, en sus primeros dos programas, al divo. Un divo que aceleró los tiempos cuando internalizó el fracaso de Bailando Kids. Cuando observó, que hasta la casa imaginaria de Gran Cuñado había agotado a sus seguidores.

Las elecciones y la ficción política representaron un exceso para una sociedad desgastada de las liviandades de la clase política.

Por lo tanto, el gran desafío de la diva para diferenciarla de Marcelo Hugo y con la ventaja de hacer un programa semanal, es no caer de 32 a 20 o 19 puntos de rating. Mantener su nivel para que la competencia indirecta reavive rispideces y potencie desafíos con las respuestas que, seguramente, llegarán desde el Gran Cuñado de famosos. Un segmento dentro de “Show Match” que caricaturiza, en esta oportunidad, a los famosos. En el cual se exacerba hasta el ridículo las particularidades de los individuos a personificar.

De hecho, Susana Giménez ya ha sido presentada y su silueta delineada en el cuerpo de la actriz Ana Martínez es similar a la de un matambre prensado que recibe el complemento de un discurso reiterativo e incoherente que apunta a resaltar ciertas debilidades de la diva.

Una batalla mediática que se inicia para calentar la pantalla pero más aún, para retorcer los egos de un ambiente artístico cada vez más acotado y en riesgo de sucumbir ante la constante presencia botinera y utilera.

La diva entonces, para no terminar como el divo y ser además una víctima futbolera tras el comienzo del tornea apertura, deberá pulir mucho más su ecléctico show.

Deberá embarcarse y nutrirse de los escandaletes de la semana para que la pasión de multitudes no arrase con la paqueta cita de las 21:30 por la pantalla de TELEFE.

02 julio, 2009

Degeneración del espectáculo

La jactancia y desnudez del lumpen emergente y de otros decadentes en nuestra venerada televisión.

Con la emergencia del lumpen mediático que acapara todos los canales de la pantalla chica, los verdaderos integrantes del mundo del espectáculo quedan un poco relegados. Porque de un tiempo a esta parte, las peleas que se suceden son entre botineras y “nenas de utilería”.

Aunque también, el televidente se sorprende con las declaraciones de algunas mujeres que necesitan, para sostenerse en el medio, contar con quiénes mantienen la horizontalidad dentro de sus concurridas alcobas que forman parte de sus imponentes pisos recoletos o cuando no, de algún paquetérrimo hotel.

Las menos conocidas, se conforman con una habitación de pensión o se escudan en los locales ubicados en la calle Vicente López en las inmediaciones del cementerio. Otras, más bestialmente desprejuiciadas, se acomodan en alguna cortada.

Ellas, han conseguido terminar con el bueno gusto a punto tal de apagar, con la exposición desmedida, el encanto de la delicadeza así como el de la exquisita insinuación.

Desde las nuevas generaciones hasta las que ya pasan los cincuenta, han puesto de moda exhibir, grotescamente, no sus sentimientos sino la sexualidad. Se jactan de sus encuentros íntimos pregonados en el rally televisivo.

Se sientan como invitadas en los programas para describir, por ejemplo, si los hombres logran satisfacerlas. Si alcanzan a tener orgasmos o no.

Si en la inmediatez de los encuentros ocasionales experimentan placer o simplemente, nada.

Hablan de la importancia o no de los diámetros y los tamaños.

Se escudan, ante la vulgaridad que las envuelve, en el cliché de la equiparación entre el hombre y la mujer. Quieren ser más masculinas que femeninas y por ello aplican, en la esfera privada devenida en pública, la metodología cuantitativa.

Luego, una vez conseguida la notoriedad personal, la joya que tanto deseaban o un contrato como decorado en un teatro de revista o programa de televisión, tienen como método denostar a la persona. Arman el típico circuito del me dijo, le dije, le digo.

Relatar cómo se conocieron y enarbolarse en el supuesto logro si se trata de hombres casados o comprometidos. Se ríen, desmesuradamente, si ellos no logran cubrir sus básicos reclamos de mujeres necesitadas públicamente.

Sucede, que dentro de la mediocridad que surge y de la ya existente, predomina la necesidad de vivir la vida del otro. Es decir, ante la incapacidad evolutiva, la falta de talento, la insolvencia retórica y la decadencia mental, el camino que actualmente presenta funcionalidad, es el del escándalo.

El del deterioro que representa mayor rating.

El de la perversión que asegura varias horas de televisión.

O el de las acusaciones compulsivas y la degeneración del ser humano dentro de un mundo del
espectáculo devaluado por sus propios integrantes que en lugar de focalizarse en sus respectivos trabajos salen al ruedo para destruir aquello que hace el otro. También para meterse en internas ajenas y dar consejos por tener cuatro décadas de pantalla.

Se genera un círculo vicioso en el que la homosexualidad, la droga y la infidelidad pasan a ser protagonistas de extensas entrevistas en las cuales los periodistas, lícitamente, estimulan los roces porque saben que a mayor descompensación, más es el show que se monta.

Ellos, a pesar de ser criticados, hacen su trabajo. Se suben a la vorágine que hoy impera en el medio para no ser relegados. De ahí, los cuestionamientos de otros sectores del campo periodístico. No obstante, los encargados en enardecer la caldera que por estos días es nuestra venerada televisión son coherentes y no boicotean su espacio.

No hay límites y los códigos son individuales y no colectivos porque ese el paradigma de la televisión actual. La ausencia de límites y el intenso juego que navega entre lo promiscuo, lo border y lo vulgarmente entretenido por el asombro que a veces puede causar.

Se asiste pues, al paradigma de las declaraciones privadas más insospechadas para defenderse
de acusaciones o bien para ver, aunque sea una vez, la adictiva luz roja de la cámara.