El rechazo hacia la diva, los límites perdidos y el robo a su departamento como broche de miserias.
El año 2010 ha sido controvertido para Mirtha Legrand. No cabe duda que su tensa relación con el Gobierno la afectó. No solo por ser repudiada por muchos de sus pares que ni siquiera han querido sentarse a la mesa de sus legendarios almuerzos, sino también por comentarios desafortunados hacia su persona.
Ver nota “Tercer Milagro” http://informesdemedios.blogspot.com/2010/11/tercer-milagro.html
Es que en la hoguera del mundo del espectáculo predomina el Narcisismo y un sostenido discurso auto referencial que genera pasiones o bien, profundos rechazos. Y eso mismo sucede con la señora de las cuatro décadas. Una mujer que se sostiene en la televisión porque para muchos productores aporta un glamour que con el paso del tiempo se fue diluyendo en la pantalla y además, porque guste o no guste, Legrand supo construir un estilo de conducción.
Acomodada en la cabecera de la mesa como toda anfitriona, la actriz devenida en conductora comprendió que el paradigma había cambiado y que para sobrevivir en el medio debía agiornarse. Para eso tenía que incursionar en la gran jungla amarilla de encuentros y desencuentros de un campo artístico devaluado tras el ingreso de “nenas de utilería” que existen por sus esculturales cuerpos siliconados y que son, ante la carencia de materia gris, instrumentos de burla de muchos programas.
Mirtha se resistía a pesar de los reclamos de su producción. Tenía que internalizar que la mesa paqueterrima se convertiría en un zoológico complicado. Sin embargo, invitar a personajes de la nueva camada desinteresada en estudiar y formarse para trascender los hilos de oro que sostienen sus traseros y el botox que rellena las arrugas, era rentable para que ella pudiera lucirse aún más. Para desplegar, con orgullo, toda su información y hacer quedar a sus invitadas que ofician de decorados en programas, teatros y revista, como ignorantes.
“Chiquita” tuvo que “transar” con el tsunami Tinelli y convertir sus almuerzos en una periferia más del conductor que multiplica sus programas por veinte. Entonces, con el tiempo, las mesas políticas comenzaron a escasear y los artistas de nivel aparecían esporádicamente.
En su afán por destacarse, aunque con un discurso reticente a la cholulización de su programa, Mirtha se inició en un juego perverso de preguntas innecesarias. Innecesarias porque ella no se reconocía en ese rol de periodista que busca hurgar el lado oscuro. Sin embargo, con frialdad y la simulación de humildad que la caracteriza, se enfrentó con Silvana Suárez al cuestionarle la forma en la que se conducía cuando se estaba divorciando de Julio Ramos.
Sucedió con Andrea del Boca al preguntarle si estaba embarazada cuando sabía que la actriz, por cuestiones muy personales y de preservación, no lo podía decir.
Ambos casos que marcaron un nuevo camino en los almuerzos.
Luego comenzó a entremezclar personajes de distintos campos, quedando siempre alguno desdibujado.
Su relación con Los Kirchner pasó por varias etapas.
- Idílica.
- De tensión.
- Perversa.
Es, en la tercera etapa, cuando la colonia artística se revela definitivamente tomando posiciones extremas.
Ocurre, que en la Argentina de Hamlet, por lo general, los disensos siempre terminan en faltas de respeto. En brutalidades verbales propias de una limitación retórica y de un escaso poder explicativo y de debate característico de un subdesarrollo del cual todavía no hemos podido salir. Así es como con liviandad y desborde cloacal Luppi trata a Legrand de “descerebrada”; Legrand le pregunta a sus invitadas si las joyas que adornan sus cuerpos fueron ganadas con honra; D’Elía pone en duda si fue un robo organizado por un grupo logístico o un auto robo programado por la conductora para victimizarse, en contrapartida a las dudas que la misma dijo que estaban instaladas en la sociedad pero que no reconoció como propias acerca de si el cuerpo del ex Presidente Néstor Kirchner estaba en el ataúd.
Porque Mirtha Legrand, al igual que el oficialismo, no tolera las críticas. Y en ella existe -algo reprochable en todo conductor de un programa- la vocación de incomodar a sus invitados con preguntas que en realidad, son afirmaciones.
Jactancia de ser opositora con el típico mecanismo de una apertura mental que no tiene. Pues de tenerla, tendría que saber que para ser maltratado, hay que tener vocación. De ahí, la usencia de muchos funcionarios del Gobierno.
Egolatría de los oficialistas enarbolados en la negación de situaciones que existen como la inseguridad y que ella siempre remarcó con respeto y obsecuencia porque son temas que preocupan y en ese sentido se hacía cargo. Lo mismo que su insistencia con la pobreza, la inflación y demás carencias de gestión que se camuflan con una retórica funcional al pasado.
Miserias y rencores. De un lado y del otro.
Desde ambos lugares desaparecieron los límites. Y en una TV como la actual, reflejo natural social, pedir códigos es un verdadero concepto límite, ya que los códigos que no se generan y desarrollan en el afuera, jamás podrán ingresar a un medio de fuerte impacto visual y efectista como es nuestra televisión.
El año 2010 ha sido controvertido para Mirtha Legrand. No cabe duda que su tensa relación con el Gobierno la afectó. No solo por ser repudiada por muchos de sus pares que ni siquiera han querido sentarse a la mesa de sus legendarios almuerzos, sino también por comentarios desafortunados hacia su persona.
Ver nota “Tercer Milagro” http://informesdemedios.blogspot.com/2010/11/tercer-milagro.html
Es que en la hoguera del mundo del espectáculo predomina el Narcisismo y un sostenido discurso auto referencial que genera pasiones o bien, profundos rechazos. Y eso mismo sucede con la señora de las cuatro décadas. Una mujer que se sostiene en la televisión porque para muchos productores aporta un glamour que con el paso del tiempo se fue diluyendo en la pantalla y además, porque guste o no guste, Legrand supo construir un estilo de conducción.
Acomodada en la cabecera de la mesa como toda anfitriona, la actriz devenida en conductora comprendió que el paradigma había cambiado y que para sobrevivir en el medio debía agiornarse. Para eso tenía que incursionar en la gran jungla amarilla de encuentros y desencuentros de un campo artístico devaluado tras el ingreso de “nenas de utilería” que existen por sus esculturales cuerpos siliconados y que son, ante la carencia de materia gris, instrumentos de burla de muchos programas.
Mirtha se resistía a pesar de los reclamos de su producción. Tenía que internalizar que la mesa paqueterrima se convertiría en un zoológico complicado. Sin embargo, invitar a personajes de la nueva camada desinteresada en estudiar y formarse para trascender los hilos de oro que sostienen sus traseros y el botox que rellena las arrugas, era rentable para que ella pudiera lucirse aún más. Para desplegar, con orgullo, toda su información y hacer quedar a sus invitadas que ofician de decorados en programas, teatros y revista, como ignorantes.
“Chiquita” tuvo que “transar” con el tsunami Tinelli y convertir sus almuerzos en una periferia más del conductor que multiplica sus programas por veinte. Entonces, con el tiempo, las mesas políticas comenzaron a escasear y los artistas de nivel aparecían esporádicamente.
En su afán por destacarse, aunque con un discurso reticente a la cholulización de su programa, Mirtha se inició en un juego perverso de preguntas innecesarias. Innecesarias porque ella no se reconocía en ese rol de periodista que busca hurgar el lado oscuro. Sin embargo, con frialdad y la simulación de humildad que la caracteriza, se enfrentó con Silvana Suárez al cuestionarle la forma en la que se conducía cuando se estaba divorciando de Julio Ramos.
Sucedió con Andrea del Boca al preguntarle si estaba embarazada cuando sabía que la actriz, por cuestiones muy personales y de preservación, no lo podía decir.
Ambos casos que marcaron un nuevo camino en los almuerzos.
Luego comenzó a entremezclar personajes de distintos campos, quedando siempre alguno desdibujado.
Su relación con Los Kirchner pasó por varias etapas.
- Idílica.
- De tensión.
- Perversa.
Es, en la tercera etapa, cuando la colonia artística se revela definitivamente tomando posiciones extremas.
Ocurre, que en la Argentina de Hamlet, por lo general, los disensos siempre terminan en faltas de respeto. En brutalidades verbales propias de una limitación retórica y de un escaso poder explicativo y de debate característico de un subdesarrollo del cual todavía no hemos podido salir. Así es como con liviandad y desborde cloacal Luppi trata a Legrand de “descerebrada”; Legrand le pregunta a sus invitadas si las joyas que adornan sus cuerpos fueron ganadas con honra; D’Elía pone en duda si fue un robo organizado por un grupo logístico o un auto robo programado por la conductora para victimizarse, en contrapartida a las dudas que la misma dijo que estaban instaladas en la sociedad pero que no reconoció como propias acerca de si el cuerpo del ex Presidente Néstor Kirchner estaba en el ataúd.
Porque Mirtha Legrand, al igual que el oficialismo, no tolera las críticas. Y en ella existe -algo reprochable en todo conductor de un programa- la vocación de incomodar a sus invitados con preguntas que en realidad, son afirmaciones.
Jactancia de ser opositora con el típico mecanismo de una apertura mental que no tiene. Pues de tenerla, tendría que saber que para ser maltratado, hay que tener vocación. De ahí, la usencia de muchos funcionarios del Gobierno.
Egolatría de los oficialistas enarbolados en la negación de situaciones que existen como la inseguridad y que ella siempre remarcó con respeto y obsecuencia porque son temas que preocupan y en ese sentido se hacía cargo. Lo mismo que su insistencia con la pobreza, la inflación y demás carencias de gestión que se camuflan con una retórica funcional al pasado.
Miserias y rencores. De un lado y del otro.
Desde ambos lugares desaparecieron los límites. Y en una TV como la actual, reflejo natural social, pedir códigos es un verdadero concepto límite, ya que los códigos que no se generan y desarrollan en el afuera, jamás podrán ingresar a un medio de fuerte impacto visual y efectista como es nuestra televisión.


